WhatsApp

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Había caído la tarde. Apenas entraba algo de luz por la ventana; la suficiente para distinguir el vaso de agua y el bote de pastillas al que miraba fijamente. Bajo el vaso una nota manuscrita y un bolígrafo BIC cristal azul junto al móvil. Sentía una profunda liberación ante lo que estaba a punto de hacer. Al fin terminaría todo. Tomó el vaso con una mano y las pastillas con la otra. Sonó un silbido digital; un mensaje de WhatsApp. Por un instante dudó si leerlo. Finalmente lo leyó hasta tres veces con cara de sorpresa.

Dejó el vaso y las pastillas en la mesa. Se reclinó sobre el respaldo del sofá. Cerró los ojos y decidió dejar pasar el tiempo. Aquel final le gustaba más. La pantalla del móvil seguía encendida y en ella se podía leer el mensaje enviado a su cuenta por error: «Estará en casa toda la tarde, siesteando en el sofá. Dejo la puerta de servicio abierta. Hoy debe morir.»

Creepy

Se crió yendo de un cortijo a otro, todos ajenos, siguiendo el camino marcado por su tío abuelo que los recogió a los tres en su casa tras la matanza de los militares rebeldes que también fusilaron a su padre. Así se crió ella, observando como su madre miraba hacia la puerta esperando a su hombre. En aquel país oscuro, con hedor a cementerio en todo camino, ella era ajena al dolor y la miseria. Rodeada de perros, descalza y con su larga melena negra, esperaba con ilusión la llegada de su hermano que estudiaba en los Escolapios en la capital y le traía los tebeos que a ella tanto le gustaban y con los que aprendió sola a leer.

Han pasado más de ochenta años. Una vida.

Recuerda los cómic que leían sus hijos en los 70 y pide a una enfermera de la residencia que le traiga un ejemplar de aquella revista. La enfermera ignora a la anciana que cierra los ojos y se imagina corriendo ladera abajo, descalza y con sus perros saltando a su lado.

La vida no es más que un puñado de viñetas. Una historieta de terror. Somos muertos vivientes de una mala portada olvidada del Creepy.

A pulmón

Ante ciertos hechos nos vaciamos con la misma violencia que las botellas vacías que atestan el verde contenedor de vidrio en suspensión sobre el camión de recogida, para recomponernos después poco a poco, como cristales hechos añicos en el estruendoso segundo, que necesitan encontrar los mil pedazos que encajar en su perímetro cortante. Este Régimen debe ser fundido con las más altas temperaturas y que no quede el menor resquicio de impurezas. No valen moldes: a pulmón. Seamos artesanos de una nueva vida.

Omelett

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El muchacho arranca su motocicleta en el preciso instante en que su madre casca el huevo. Es el final del verano y el chico vive con intensidad los últimos días de sus vacaciones. Será su primer curso en la Universidad.

Con un tenedor, sobre el plato hondo de loza blanca rota por un ribete azulón, ella bate el huevo para la tortilla que cenará su hijo que está apunto de llegar, mientras las revoluciones del motor se acompasan casi al unísono con la proteína mezclándose antes de caer en la sartén caliente sobre unas gotas de aceite humeante.

El Seat león negro se salta un semáforo en rojo y arroya al joven de la motocicleta con gran violencia. Esto sucede en el instante en que el huevo batido cae en la sartén.

La tortilla se enfrió lentamente, pero el alma de aquella madre se heló para siempre en un instante. La vida es lo que se tarda en preparar una omelett.

Fin de trayecto

El embalaje finalmente se ha desmoronado y se ha desparramado por el suelo todo su contenido.

Año 1985, desalojamos el piso que ocupamos en la calle Molinos de Granada, muy cerca del cine Alhambra. Es el entierro del Equipo G.E.L. Yo me traslado a Sevilla y mis socios no me acompañan. Fin de trayecto.

Con unos cartones tomados junto a un montón de bolsas de basura en el Campo del Príncipe, unos metros de papel kraft y una cinta de embalaje marrón, empaqueto un cuadro junto 15 o 20 pinturas sobre papel que viajarán, detenidas en el tiempo, a lo largo de mi línea del tiempo por tiempo indefinido.

Año 2016, estoy intentando ordenar las cajas y paquetes que se depositaron en una habitación del sótano en la última mudanza. El viejo embalaje ha sufrido al menos 20 mudanzas y su aspecto es de «mírame pero no me toques».

Mi abdomen me hace torpe, y el esfuerzo lo hago con el cuello. Era inevitable el tirón muscular. Demasiada tensión acumulada. Tenía que suceder en algún momento. Fin de trayecto.

Año 1982, Cuenca. Sala Alta. Antiguo hospicio ocupado por artistas raros como perros verdes. A mí me tocó el estudio que había ocupado hasta ese momento mi querido amigo Valentín Albardíaz. Exposición a dos en el mes de julio con Alfonso Medina.

Él partió unos días antes de la clausura y yo recogí la obra sobrante. La que ahora está desparramada por el suelo.

Se nos mueren los amigos, y todo lo que nos queda se desparrama, si no por el suelo, por la memoria. Congoja. Fin de Trayecto.

 

Chatarra

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Sin llegar a Síndrome de Diógenes, debí quedarme cerca de padecerlo. O lo padecí, hasta que la pobreza sobrevenida me hizo cerrar mi estudio y depositar lo acumulado durante décadas (cuadros, libros, carteles…) en un contenedor del punto limpio más cercano.

De las muchas cosas que me gustaría tener en mi casa, supongo que llena de cosas igualmente inservibles amontonadas sobre ella, sería una cámara Repromaster.

Antes de la aparición de los dispositivos digitales, la fotografía y la reproducción fotográfica se basaba en la luz y el papel sensible a ésta: tecnología analógica.

Focos, manivelas para ampliar y enfocar, y transparencias para pasar a trama capaz de reproducir los grises en la impresión a una sola tinta… suena a replicante rubio de ojos azules, tirado en una azotea y muriendo bajo una tormenta barruntando sobre lejanas galaxias.

Tus lentes, tus tramas, el proceso de positivado, me vienen a la memoria a causa de este papel amarillento que salta del interior de un libro (algunos no terminaron en aquel contener). Es la publicidad de un coche. Doy la vuelta al papel y, sobre un fondo con el logo de Agfa repetido a manera de marca de agua contínua, una rotulación en tinta negra que alguien escribió de forma poco cuidadosa en aquel desaparecido diario de provincias, en la que se puede leer: Publicidad. pág. 13.

Hubo un tiempo en que las Repromaster eran ansiadas por jóvenes como yo. Máquinas que hoy son, en el mejor de los casos, chatarra. La chatarra se acumula en la memoria de viejos profesionales que hemos visto cosas, que se perderán en el tiempo, sin tener que viajar a galaxias más allá de Orión.

Montoncitos de arena

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Normalmente me levanto a diario a las 4.00 h, pero el fin de semana me relajo un poco y no pongo el despertador: son las 6.00 h. Sábado de julio, verano del 2016. Me siento en el inodoro e intento relajarme mientras repaso las noticias en mi móvil. Ducha, afeitado y café.

No me gusta la playa en verano, pero me apasiona en otoño: sí, me gusta, pero sin gente y sin calor. Los amaneceres y ocasos cuando no hay nadie, en verano, también me gustan.

Mientras fileteo la pechuga de pollo, lamino unos ajos y pongo a macerar en vino blanco y el perejil en una bandeja —antes de pasar por el huevo, el pan rayado y la sartén—, pienso en la playa. Pero no en la de Huelva en la que echaremos hoy el día.

A mediados de los años 60, mi padre trabajaba, sus días de descanso en el restaurante, en un chiringuito en la playa de Fuenterrabía (Guipúzcoa). Él se iba en su lambretta que aparcaba junto a otras lambrettas, vespas y «seillas», en las traseras de aquellos chiringuitos de madera oscura, única arquitectura que allí recuerdo. Mi madre, mi abuela y mis hermanos llegábamos poco más tarde, en la DKV de mi tío Jacinto (la misma con la que pocos años después nos mudaríamos al sur…) a disfrutar de la palaya.

Aquella playa, como la de la Concha, la recuerdo sin sombrillas bajo un cielo siempre encapotado. Era una fiesta para mí ir a la playa y pasar horas y horas haciendo castillos de arena y agujeros en los que meterme.

Mientras frío los filetes de pollo empanado me recuerdo niño. Me siento niño.

Una hora de coche, aparcamiento del vehículo y pequeña caminata cargando neveras, toallas y sombrillas por la arena hasta encontrar un hueco tranquilo y sin mucha gente.

Mi hijo pequeño ya no hace castillos en la arena, solo quiere jugar con las olas. Me tumbo a la sombra, cierro los ojos, y escucho el rumor del mar Atlántico mientras mis manos juegan con la caliente arena del Cantábrico. Sigo siendo aquel niño desubicado que imaginaba un mundo enorme. El mundo sigue siendo tan pequeño y efímero como un puñado de fina arena deslizándose entre los dedos de un niño que sueña bajo el ardiente sol que ya es mayor.

Sumisa

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Ellas no lo dejarían más en ridículo. Viviría una vida como la de su padre y la de su abuelo: junto a una mujer que lo admirase.

Aquel verano lo pasaría en Perú, en calidad de reportero, trabajando para una revista europea de viajes.

Enfundado en su rol de hombre moderno y progresista, se paseó con su flamante cámara fotográfica por el Cuzco, el Valle Sagrado, el Machu Pichu…

Invitado por la Universidad César Vallejo de Lima, participó como ponente en un ciclo de conferencias dedicadas al papel de la mujer en el periodismo actual.

Él pasaba las páginas montadas en Power Point y ella lo miraba con sus oscuros y profundos ojos, mientras se dejaba hipnotizar por el cálido acento sevillano en aquella aula llena de estudiantes de periodismo.

Cenaron aquella noche en el restaurante Brisas del Titicaca, donde sonaban marineras y landós en directo mientras él le contaba su vida y ella escuchaba, como estaba dispuesta a escuchar el resto de su vida, en silencio.

Ella mira por la ventana. Ha hecho ya las tareas domésticas, la casa está flamante y piensa en lo distinta que es su vida a como la soñó. Piensa en silencio, sin que se le note el acento limeño mientras acaricia su barriga embarazada. Mira por la ventana y sabe que mientras asienta él se sentirá el amo y pagará las facturas. Cuando la pequeña crezca, se matriculará en la facultad en Sevilla y terminará su carrera. Hay muchas formas de prostitución. Hay muchas mujeres sumisas.

 

 

Opositor Abelardito

Había sido un niño algo mimado, seguramente a consecuencia de ser el único varón de los cinco hermanos. Su infancia transcurrió con la normalidad propia de una familia de clase trabajadora en un pueblo pequeño del interior en el sur con el comienzo del nuevo siglo. En casa nunca se habló mucho de política, y sus padres no participaban de la democracia más que con un voto dividido entre la izquierda moderada y la socialdemocracia liberal.

El muchacho creció sin conciencia de clase pero fascinado por el brillo de los escudos en relucientes carrocerías de autos de lujo, convencido de que para alcanzarlos algún día bastaría con emular a los moradores de la casa Consistorial, esos a los que había visto siempre mandar en su pueblo, y a los que soñaba relevar.

Desde que terminó la carrera estaba preparándose para opositar a funcionario del Estado: había que garantizar la manutención perpetua (los gustos caros ya saldrían de otro sitio).

A pesar de su manifiesta falta de interés por la política, Abelardito sorprendió a más de uno (y a más de una) cuando su nombre apareció formando parte de la candidatura del partido conservador a las elecciones municipales de aquel año.

Tomó posesión de su acta y su concejalía con cartera e inició la puesta en marcha de un sueño.

Trascurrieron los cuatros años tan rápido que apenas pudo prepararse las oposiciones que había relegado temporalmente a un segundo plano.

Durante esos cuatro años firmó una enorme cantidad de papeles, pero nunca leyó su contenido: ese era el acuerdo. En todo acuerdo se puede dar el desencuentro.

En los siguientes comicios él sería el candidato a la alcaldía.

Tras el recuento de los votos cerró los ojos brevemente y vio que el sueño era ya una realidad. Aquella noche en casa, mientas todos dormían, él buscó en internet el coche que tanto deseaba y consultó su precio, prestaciones, color y hasta el concesionario en el que lo compraría.

No pudo ser, los partidos socialdemócrata liberal y de izquierda moderada unieron sus fuerzas y dejaron al pobre Abelardito sin coche. Cuatro años en la oposición, sin mucha idea de cómo hacerla ni tiempo para aprender. Para oposición la de funcionario del Estado. Toca hincar los codos, con lo poco que le gusta trabajar al opositor Abelardito.

 

Enroña

Enroña es un edificio situado en el extremo sur de la Avda. Europa s/n. Tiene dos entradas: una delantera por la avenida, siempre luminosa por su orientación, en la que permanentemente están descargando mercancías desde camiones rotulados con los logos de los principales centros comerciales del país, atendida por un portero que recibe sonriente a través de una pantalla de plasma (no siempre: dicen que bajo algunas condiciones sale de la portería y extiende la roja alfombra bajo los pies de algún vecino o visitante), y otra, donde se acumulan contenedores de basura y la luz del sol nunca llega, a la que se accede por un callejón trasero.

No hay conexión interior entre unos y otros vecinos: un grueso muro separa las viviendas que corresponden a una entrada y otra. En el lujoso ático vive una familia que heredó el edificio y a la que nadie vio nunca trabajar, solo ir de tiendas, restaurantes o violar mujeres en la oscuridad del callejón.

De un tiempo a esta parte se escuchan golpes. Provienen del interior del edificio. Algunos dicen que vecinos radicales están intentando abrir un hueco en el divisor muro. No sé, no sé: es todo tan raro en Enroña…