Enroña

Enroña es un edificio situado en el extremo sur de la Avda. Europa s/n. Tiene dos entradas: una delantera por la avenida, siempre luminosa por su orientación, en la que permanentemente están descargando mercancías desde camiones rotulados con los logos de los principales centros comerciales del país, atendida por un portero que recibe sonriente a través de una pantalla de plasma (no siempre: dicen que bajo algunas condiciones sale de la portería y extiende la roja alfombra bajo los pies de algún vecino o visitante), y otra, donde se acumulan contenedores de basura y la luz del sol nunca llega, a la que se accede por un callejón trasero.

No hay conexión interior entre unos y otros vecinos: un grueso muro separa las viviendas que corresponden a una entrada y otra. En el lujoso ático vive una familia que heredó el edificio y a la que nadie vio nunca trabajar, solo ir de tiendas, restaurantes o violar mujeres en la oscuridad del callejón.

De un tiempo a esta parte se escuchan golpes. Provienen del interior del edificio. Algunos dicen que vecinos radicales están intentando abrir un hueco en el divisor muro. No sé, no sé: es todo tan raro en Enroña…

 

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Síndrome Fatal

Síndrome de Transfusión Feto Fetal, es como se denomina a una gestación múltiple en que varios fetos comparten placenta. En esta situación pueden producirse conexiones entre los vasos sanguíneos de ambos con terribles consecuencias para el que recibe del otro… algo similar es lo que le sucede a una parte enorme de la comunidad cibernética: están en la misma placenta y las conexiones neuronales parecen ser compartidas con previsibles consecuencias terribles. La Bestia pone el vientre y el síndrome resultante no tiene nombre… o sí.

La muda

Otra mudanza. Perdí la cuenta. Todavía aparecen carpetas que no terminaron en un contenedor en la última.

Aquellos folios mecanografiados, corregidos con TippEx líquido, nunca pasaron de intento pobre de base para la novela que nunca escribí; que nunca escribiré.

Mi chica pasa a mi lado y me recuerda que vamos mal de tiempo; que no me distraiga con cada viejo papel que aparezca. Los leo y los meto dentro de la caja de cartón que irá mañana al punto limpio. Cuántas ideas terminarán entre cascaras de patata, preservativos usados y brick llenos de aire. Somos elementos que se desplazan en el tiempo para terminar, con un poco de suerte, reciclados.

El contrato

Cuelga el teléfono, y lo hace con desgana, sin dejar de hablar por lo bajinis, en un monólogo que parece no tener fin. Solo cumple ordenes. Podía haber hecho bien su trabajo, pero no tenía más motivación que la orden de un superior al que no sentía como tal después de 15 años como compañeros con el mismo rango. Ahora era su jefe y no estaba dispuesto a sufrir sus ordenes.

El coordinador del equipo de instalaciones descolgó el teléfono con la intención de hacer una llamada, pero los tornillos que lo sujetaban a la pared cedieron y el aparato calló al suelo partiéndose en dos. Sacó su móvil personal del bolsillo y llamó al subordinado y le comunicó que estaba despedido por chapucero, a lo que éste respondió con un ¿tengo yo contrato ni ná para que me puedan despedir?

Vertigo

Porque podía, se montó en el recién estrenado montacargas. Presionó sobre el círculo del botón del piso 20. Se mostraba contento, pues el montacargas estaba recién instalado y aquel era su primera subida al piso 20 sin tener que usar las escaleras y llegar acabado. Según el montacargas lo elevaba sobre el nivel 0, pensaba en el afeminado color con que habían pintado la cabina; la altura del techo contra el que casi tocaba su cabeza; el suelo sin moqueta y textura tan desagradable; las puertas de persiana corredera que parecían salidas de una mina boliviana… llegó al nivel 20 y salió del montacargas odiándolo y decidido a no subir nunca más en él… nunca más subiría por encima del nivel 0, al fin y al cabo ¿qué se le había perdido a él allá arriba?

Tengo memoria

Somos memoria. Por el hecho de dejar de amar a alguien; haber aborrecido un alimento; cogido miedo a la montaña que nos gustaba escalar… aquel amor fue y es memorable; nos gustó y disfrutamos de aquella fruta, y su sabor está ahí, vivo en nuestro recuerdo; nos sentimos libres colgados de aquellas cuerdas, y lo sabemos… no podemos borrarnos lo vivido, y si lo hacemos, morimos. Sé quienes son «los míos» y quienes no lo son. Tengo memoria.

Olvidos

Sobre un papel escribimos nuestro objetivo y lo colocamos con la escritura hacia abajo en el centro de la mesa. A la izquierda del papel depositamos una baraja de naipes con la intención de colocar de cuando en cuando cartas hasta culminar un hermoso castillo con ellas. Nos hemos demorado (la familia, el trabajo, las responsabilidades burguesas…) pero finalmente, tras años, el castillo de naipes está construido. Lo miramos y recordamos que en su base hay un papel donde escribimos nuestro objetivo olvidado ¿cuál era?

Sábado

Mi primera mirada al día es con los oídos, cuando se me apaga la luz de los sueños y abro los ojos. Se me cuela la luz exterior, que me llega desde el poco espacio que dejan entre si las acículas del viejo pino que hay ante mi ventana. Retiro la máscara de mi rostro y apago la máquina del aire. Un avión desde sus motores me dice que otros madrugaron y apagaron antes que yo sus sueños. Desde Doñana me llegan los retumbónes de una negra tormenta que se acerca. Ya no se confunden con aviones. Retumban amenazantes cada vez más cerca los relámpagos. Una pareja de torcaces juegan entre las ramas y su arrullo grave me sumerge en un nuevo sueño. Estalla la tormenta y, ahora sí, comienza un nuevo día: que fastidio.

El Otro Él (armando un cuento sobre otro de Benedetti)

Era un presidente gris, mamporrero de la troika, las multinacionales y los macarras de la pasta que se mueven entre Marbella y Galicia. No leyó jamás un buen libro (ni un mal tebeo) se llamaba Marianico, corto en todo menos en una cosa: tenía Otro Él.

El Otro Él desprendía destellos de inteligencia en su mirada, se enamoraba de los desnudos torsos de los muchachos en la playa, lloraba emocionado en el ocaso del día en el difuminado rojo horizonte. Al presidente le inquietaba el Otro Él cuando se plantaba allí todo tieso frente a sus votantes. Por otro lado el Otro Él era afeminado, y debido a ello, Marianico no podía ser tan machote como le hubiese gustado.

Una noche Marianico llegó derrotado a casa tras el Consejo de Gobierno, se quitó los Martinelli, los calcetines de hilo escocés llenos de agujeros en los talones y puso los pies en un barreño con agua caliente y sal. Prendió la tele para ver el partido de la jornada, pero el presidente se durmió. Al despertar el Otro Él sollozaba sumergido en un profundo regomello. Ojiplático, el presidente no supo qué hacer, y pasados unos segundos se vino arriba y acusó de terrorista al Otro Él. Este no dijo nada, se fue al baño y se ahorcó de la barra de la cortina de la ducha.

De momento la muerte del Otro Él supuso un mazazo para Marianico el Corto, pero se repuso en menos de lo que se tarda en indultar a un corrupto tesorero y le embargó la felicidad pues podría hacerse el machote más allá de los límites de lo políticamente correcto.

Tras guardar varios días de luto, salió a pasear y escupir sobre el piso mientras sobaba sus testículos sobre el pantalón. Apoyados en un coche estaban algunos de sus votantes más fieles lo que dibujó en su rostro la más cínica de sus sonrisas.

Pero al pasar él junto a ellos, no lo vieron. Peor aún, el presidente pudo escuchar sus comentarios: «Pobre Marianico. Y pensar que parecía tener tanto poder».

El presidente perdió su alharaca sarcástica y, en ese instante, a la altura de la garganta notó un ahogo como el que tienen los manolitos cuando alguien les discute su hombría. Pero no se sintió realmente un marchito, porque toda la virilidad se la había llevado el Otro Él.