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Sin llegar a Síndrome de Diógenes, debí quedarme cerca de padecerlo. O lo padecí, hasta que la pobreza sobrevenida me hizo cerrar mi estudio y depositar lo acumulado durante décadas (cuadros, libros, carteles…) en un contenedor del punto limpio más cercano.

De las muchas cosas que me gustaría tener en mi casa, supongo que llena de cosas igualmente inservibles amontonadas sobre ella, sería una cámara Repromaster.

Antes de la aparición de los dispositivos digitales, la fotografía y la reproducción fotográfica se basaba en la luz y el papel sensible a ésta: tecnología analógica.

Focos, manivelas para ampliar y enfocar, y transparencias para pasar a trama capaz de reproducir los grises en la impresión a una sola tinta… suena a replicante rubio de ojos azules, tirado en una azotea y muriendo bajo una tormenta barruntando sobre lejanas galaxias.

Tus lentes, tus tramas, el proceso de positivado, me vienen a la memoria a causa de este papel amarillento que salta del interior de un libro (algunos no terminaron en aquel contener). Es la publicidad de un coche. Doy la vuelta al papel y, sobre un fondo con el logo de Agfa repetido a manera de marca de agua contínua, una rotulación en tinta negra que alguien escribió de forma poco cuidadosa en aquel desaparecido diario de provincias, en la que se puede leer: Publicidad. pág. 13.

Hubo un tiempo en que las Repromaster eran ansiadas por jóvenes como yo. Máquinas que hoy son, en el mejor de los casos, chatarra. La chatarra se acumula en la memoria de viejos profesionales que hemos visto cosas, que se perderán en el tiempo, sin tener que viajar a galaxias más allá de Orión.

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