Se crió yendo de un cortijo a otro, todos ajenos, siguiendo el camino marcado por su tío abuelo que los recogió a los tres en su casa tras la matanza de los militares rebeldes que también fusilaron a su padre. Así se crió ella, observando como su madre miraba hacia la puerta esperando a su hombre. En aquel país oscuro, con hedor a cementerio en todo camino, ella era ajena al dolor y la miseria. Rodeada de perros, descalza y con su larga melena negra, esperaba con ilusión la llegada de su hermano que estudiaba en los Escolapios en la capital y le traía los tebeos que a ella tanto le gustaban y con los que aprendió sola a leer.

Han pasado más de ochenta años. Una vida.

Recuerda los cómic que leían sus hijos en los 70 y pide a una enfermera de la residencia que le traiga un ejemplar de aquella revista. La enfermera ignora a la anciana que cierra los ojos y se imagina corriendo ladera abajo, descalza y con sus perros saltando a su lado.

La vida no es más que un puñado de viñetas. Una historieta de terror. Somos muertos vivientes de una mala portada olvidada del Creepy.

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