Cuatro instantes

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(A mi querido amigo y compañero, Juan Ferreras, reportero gráfico)

¿Cómo decir con la palabra vulgar lo que se siente si uno no es poeta? ¿De donde sacar metáforas capaces de resecar hasta la asfixia las gargantas de quienes se beben nuestra vida y luego la escupen sobre nuestros desmembrados y esparcidos cadáveres calcinados?

No tengo palabras para decirte, hermoso desconocido, lo que sentí hoy. La factura de  la compañía eléctrica será impagable este mes de calor inusual. Tenemos que ahorrar y apagar el aparato acondicionador de aire; abrir la ventana. El aire no entra fresco, pero sí las notas de tu pequeña arpa justo en mi vertical. No veo tu rostro, pero siento que se pega a una micra de la tallada madera tu mejilla. La melodía que interpretas tiene un acento de viejos y viajeros conocidos, pero en tí suena refundada, como una patria nueva, como revolucionaria. Gracias desconocido músico callejero por regalarme tu música ante la insolente indiferencia de los transeúntes.

¿Es Juan, mi viejo compañero del diario, ese al que la policía zarandea por intentar hacer su trabajo e informar captando el instante y la noticia en su cámara?

Hoy saco tiempo robado al insufrible tiempo, mi enemigo, para poner aquí estas y otras vulgares palabras incapaces de dar fe de cuantos acontecimientos me rodean. Tengo la extraña sensación de que también este espacio de libertad me será negado, de alguna manera me será negado…

Europa: 16,25 mm

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Nunca imaginó la inventora de la rueda (las cosas sensatas las piensan mucho antes las mujeres) que la perpetuación del movimiento, el desplazamiento lógico de la dura carga, el símbolo de los revolucionarios cómicos del 27, el resorte en el que se decide la suerte, la metáfora de la vida, el bucle embrutecedor e infinito… no imaginó, digo, que a una idea siempre sigue otra. Y que si la primera es de liberación, la que le siga puede ser de eterna condena y represión.

Quienes lanzaron sobre la sociedad europea la idea del bienestar común sabían que los depredadores acechaban y que estos aprovecharían la relajación de la sociedad y las instituciones democráticas para desmantelarlas. Lo sabían pero no podían hacer mucho, o lo que hicieron fue manifiestamente insuficiente. La rueda ahora nos está pasando sobre las espaldas.

Granada, año 1970. Mi padre vuelve llorando de una huelga en la que han muerto unos compañeros. Un tropel de chavéas corremos por El Carril del Picón atizando con palos desgastados neumáticos de motocicleta en una frenética carrera hasta Gran Capitán. Pasamos junto a los furgones grises de la Policía y los uniformados perros del régimen fuman cigarrillos como el amante tras el coito nocturno, y nos miran como el dominante macho miraría a la dominada hembra sobre la que copuló con brutalidad.

La enorme rueda gira majestuosa y los inconscientes ciudadanos llenan sus cabinas garantizando el redondo negocio del feriante que nunca estará lo suficientemente agradecido a quien se imagino un mundo capaz de girar mejor para la mayoría, donde la humanización del trabajo nos condujera a un uso más sensible y espiritual de nuestra inteligencia y donde la fuerza bruta se plegara a la intelectual.

La avenida de la Constitución de Sevilla dibuja aéreas y negras líneas de catenarias y, por el piso, plomizas incisiones conducen las ruedas de tranvías condenados a rodar en movimientos idénticos, previsibles, determinados, dolorosamente miméticos, como las vidas de los ciudadanos pobres de Europa. Todos ellos y cada uno de ellos están programados para rodar como una moneda de un céntimo hasta precipitarse en el fondo de una alcantarilla que jamás será saneada. Lodo, negro lodo y, hundido en él, un céntimo de acero cubierto con una fina capa de cobre.

Antonio

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Ayer hice una foto a mi hijo de cinco años. Salimos a pasear junto al río, con destino en un parque infantil que hay junto a una biblioteca municipal en cuyo nombre se nos recuerda que un día, un presidente de gobierno, sevillano, hizo posible el sueño que ahora, desde ese mismo punto, parece un nostálgico espejismo proyectado desde un pasado en el que muchos creían en un futuro que nunca llegó.

Mi compañera me pidió que disfrutara del paseo con nuestro hijo. No miré mis mail, ni los mensajes en las redes sociales, ni las estadísticas de las web de mis clientes: saqué del bolsillo mi móvil sólo para hacer algunas fotos a mi hijo.

En la última excursión a la Sierra de Aracena, en una tienda donde una anciana vendía de todo, mi hijo descubrió los tirachinas y salió de allí con el más bonico «gomero» que yo he visto en toda mi vida. Desde aquel día la hermosa horquilla de castaño le acompaña en sus paseos por el campo o el parque. Una pareja de policías municipales se nos cruzaron y me preguntaron si no sería peligroso el tirachinas del niño y les hago ver que sería mucho más peligrosa una PSP.

Tras el paseo teníamos que comprar fideos para la fideuá del almuezo. El sol del mediodía empezaba a ser vertical y enormes y blanquísimos cúmulos de nubes nos brindaban una sombra ocasional que se agradecía. Subimos la desvencijada escalinata que nos elevó hasta la calle Torneo y mi hijo observó el mundo desde ese punto con la gallardía de quien se sabe señor de su propio futuro.

En el momento de hacer la foto a mi hijo lo supe. Como lo supimos al elegir su nombre como justo homenaje a sus dos bisabuelos de igual nombre que dieron su vida y libertad por valores hoy amputados a esta triste sociedad: ese pequeño, con su tirachinas en el bolsillo trasero de su jeans, era la imagen viva de una nueva resistencia… suspiré profundamente.

Si te buscas te encuentras

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Andar buscando lo ajeno, lo imposible, lo absurdo, lo mezquino, nos lleva a no encontrar nunca nada. Nada que nos sea útil. Nada de nada. Nada.

Estamos asistiendo al desmantelamiento de un sistema corrompido por quienes lo crearon, y lo están desmantelando con alzamiento de bienes (todos) y la abolición de conquistas sociales, derechos y libertades.

En mitad de la gran tormenta son muchos los que se han hundido o están a punto de hacerlo. Entre ola y ola se ven cabezas. De una ola a otra el número de cabezas disminuye. De repente alguien arroja al agua una baliza. Como movidos por un invisible resorte, los supervivientes, in extremis, comienzan a nadar en dirección a la baliza, se congregan entorno a ella y juntos deciden nadar hasta alcanzar la costa.

Hace unos días un buen amigo periodista, con el que tuve el privilegio de compartir proyecto profesional y al que no veía hacía muchos años, lanzó en internet una baliza en mitad de la gran tormenta. Marcar tu posición cuando te hundes es una medida inteligente si quieres tener alguna posibilidad de ser rescatado… siempre que quede algo por rescatar y alguien dispuesto a hacerlo.

Agotados, empapados, muertos de frío, en mitad de la noche, cientos de náufragos retoman el aliento sobre la arena de la playa recién alcanzada. Han dejado la embravecida mar a sus espaldas y ante ellos de extiende un desierto que habrá de ser sorteado sin agua ni alimentos…

…pero era una pesadilla y por un instante, unos minutos, horas, salimos de ella. Empezaba la fresca humedad a permitir que nuestras lenguas se articularan y desde el cerebro llegaran las palabras, los conceptos, la ideas, los preceptos, las dudas… despertamos y nos miramos fijamente los unos a os otros, nos reconocimos, nos desprendimos de los pesados harapos, nos dimos la oportunidad de fabricar nuestro propio despertar.

Ayer tarde sucedió algo importante. Hacía tiempo que no asistía a una clase magistral. Ayer, en un aula cedida por la Facultad de Comunicación de Sevilla y con la asistencia presencial de decenas de profesionales del periodismo, miembros de la Asociación de la Prensa de Sevilla, licenciados y algunos por licenciar, personas llegadas tras horas de viaje, parados presentes y futuros, profesores, y vivos todos, se habló y concretó una meta, un fin. Nos convocamos bajo el lema «Se buscan periodistas» y así fue: nos dimos una lección magistral al encontramos. El que busca encuentra.

No somos nada

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Que difícil es responder cuando te sientes tantas cosas a la vez, de tantos lugares; de tantas especies… y nos obligan a mentirnos, y todo porque ellos precisan de engañarse ¿qué eres; de dónde eres; cuanto ganas; de quién eres; cuál es tu apellido; qué estudiaste; qué título tienes…?

Harían falta varias vidas para poder sentirse dentro de una sola piel; un solo cuerpo; un solo yo. Siendo tan corta (…) una vida, resulta duro que nos obliguen a ser solo un periodista, un cocinero, un administrativo, un policía…es muy corta una vida para que nos resignemos a vivirla reduciéndola a un oficio, un modelo meramente profesional…un uniforme.

Ayer, ante una ficha de inscripción en un formulario digital, me quedé «pillao».

Me encuentro con viejos compañeros de trabajo, de vida, y me recuerdan que parte del camino lo hice con ellos; que aprendimos juntos y juntos enseñamos; que soñamos juntos; que juntos fuimos burlados; estafados… y me atranco ante la primera pregunta: Año de licenciatura_______

Siempre esquivé la oficialidad y la burocracia y busqué el conocimiento sin cortapisas. Me senté junto a los maestros que lo eran por tener el conocimiento y no acepté los preceptos teóricos de quienes nunca tuvieron auténticos maestros y sus conocimientos encorsetados estaban al servicio de la evaluación ciega, estadística, anónima.

Todo cambia para seguir igual. Me levanto de madrugada, como siempre lo hice, para aplicar mi conocimiento. Con mi índice despierto a la CPU y ésta hace lo propio con el monitor… Año de licenciatura_______

No contesté, dejé en pantalla el formulario sin contestar. Sin dudarlo un segundo cierro la aplicación. Abro el editor de texto y ante una pantalla blanca con cursor parpadeante decido dedicar cinco minutos a escribir del tirón este texto en el que me reafirmo en lo triste de un sistema que insiste en no ver al individuo más allá de un papel timbrado… con título o sin él, no soy nada.

El mecenas

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Por lo que supe muchos años después, él empezó a fijarse en mis dibujos y pinturas siendo yo un chavea. Muchos años después supe que él guardaba, en una vieja carpeta de cartón forrada con papel de aguas entonada en colores verdes y caquis, algunos de mis cándidos primeros intentos de narración gráfica. Estaban realizados a lápiz y bolígrafo Bic de tinta negra sobre pliegos de papel de barba, que venían a ser de un tamaño similar a un A3 plegados al centro con bordes irregulares sin guillotinar, que me compraba mi hermano Pepe en un estanco de la calle San Matías.

Él no era de familia pudiente, ni había recibido una herencia o ganado un premio en la lotería, ni siquiera tenía un gran sueldo, pero quería que yo encaminara mi vida hacia el arte y la creación. Tampoco tenía una gran cultura pero me obligó a ir a diario a la biblioteca pública desde muy niño, y cada vez que yo elegía un libro él aprobaba o no la elección con un movimiento de cabeza al que yo no siempre complacía… afortunadamente.

Muchos fines de semana hizo trabajos extras, duras labores en el campo recogiendo garbanzos o aceitunas, para poder ayudarme a comprar materiales de dibujo y pintura. De cuando en cuando guardaba en su carpeta algunos de los dibujos o acuarelas que yo le ofrecía. Él se había convertido en mi mecenas.

Fui creciendo y aprendiendo a dibujar, grabar, estampar, pintar: la Escuela de Artes Aplicadas era más importante que mi casa y en ella pasaba las horas sin darme cuenta… él sufragó los gastos de mi primera exposición, incluidos catálogo, cartel, invitaciones e incluso la copa de vino que se sirvió en la inauguración.

Me pagó viajes a Cuenca, Madrid y Barcelona para que pudiera ver exposiciones y museos que consideró fundamentales para mi enriquecimiento y crecimiento profesional. Él siempre me acompañó, siempre estuvo a mi lado, su vida parecía no tener sentido sin la mía. Llegó un momento que parecíamos uno solo…

Han pasado más de cuarenta años y le estoy profundamente agradecido por sus desvelos, sus esfuerzos, su generosidad, su incondicional apoyo, sus consejos, sus silencios, su compañía, su comprensión, su feroz crítica…

Durante todo este tiempo ha sido mi mecenas. Ahora, en estos tiempos duros, grises e inciertos, ya no puede ayudarme más, lo poco que tiene lo necesita para dar de comer a sus hijos y poco más. Permíteme que te lo presente, se llama Jacinto Gutiérrez y ha sido mi mecenas hasta donde ha podido…

Instintos atávicos

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A lo largo de nuestras vidas, consciente o inconscientemente, regresamos a espacios, momentos, lugares, sentimientos o incluso olvidos vividos. Es tan grande a veces la regresión que nos reencontramos con instintos olvidados y atávicos.

Me pregunto cuanto puede tardar un ser humano en recuperar algo perdido tras miles de años de evolución ¿por qué cinco dedos, o dos ojos, o un apéndice?

No siempre estuvimos conformados morfológicamente como hemos llegado a hoy. No lo recuerdo, lo olvidé, pero respiraba bajo el agua y sobre ella se traslucía el abismo incierto de un cielo estrellado, misterioso, lleno de monstruos imposibles y unos lejanos orígenes difíciles de probar.

Me miro en el espejo y veo en mi cuerpo extrañas combinaciones que el espejo mismo ha modelado como convencionales y posibles; humanas.

Surgen, como respuesta a la agresión extrema a la inteligencia, instintos atávicos. Extrañas ideas que parecen encajar como un guante de seda sobre los cinco dedos de nuestra mano.

Instantes de lucidez recuperada. Hay instantes en los que parece que una idea clara y diáfana es la respuesta a la oscura duda que nos plantean nuestros depredadores. Instantes fugaces que se van tan fugazmente como aparecen…

Y nos palpamos la cabeza con las dos mano, como sujetando una idea que se evapora, como un fuego fatuo desprendido en vida ¿en vida?

La piedra

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Hay quien para endurecer su corazón agarra la piedra más grande que sus fuerzas soportan y golpea sin piedad contra algo o alguien

Hay quien para no afrontar la obligada reflexión choca su cuerpo contra la piedra más grande que encuentra en el camino y memoriza las coordenadas para poder chocar tantas veces se le presente la futura obligación de la reflexión: el dolor es un gran remedio contra el pensamiento.

Hay quien busca una piedra y hace de ella un hito entorno al que organizar su vida: adoración, súplica, perdón, milagro, redención…

Hay quien siente sobre sus espaldas el peso de una gran piedra: pesada carga que suele doblar el peso de la persona por la que se siente; descabalgarse al invisible jinete suele ser tarea casi imposible ¿quién se sube a las espaldas del ser querido sabiendo el dolor que ocasiona y no da un brinco sobre sus piernas sanas y libera las sufridas espaldas?

Hay quien ve en una piedra tallada la única belleza y riqueza que su burda existencia puede llegar a poseer, siendo capaz de arruinar miles de vidas para ello.

Hoy miraré en el interior de una piedra, y me instalaré ahí esperando que la piedra se convierta en los ojos , el espíritu y la masa gris que determinen si hay algo más que un triste individuo observando una piedra.

Bolero

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    (Un matrimonio viaja en un autobús de línea. Ella va de pie sujetándose con fuerza a una barra vertical. Él la mira desde su asiento con hundidos y húmedos ojos mientras ella mira a través del cristal como la ciudad pasa como un brochazo que desprende celdas que quedarán atrapadas por siempre en los muros de su corazón)

Ya no se oyen los rumores de nuestros gozos, silenciados en las horas robadas al laboro, que como grandes floripondios trasparentes dan relieve a los santos deslucidos de estas tristes paredes que hoy ocupan el mismo espacio que nuestro secreto universo de ayer.

Me miras y me sonríes. Me observas y te interrogas por mis pensamientos en un gesto que casi me provoca contestarte; casi lo hago. Te me acercas y pasas el reverso de tu siempre fresca mano sobre mi gruesa y caliente mejilla. Me cuentas la anécdota de un acontecimiento sin importancia, cotidiano, lleno de emoción, del que fue protagonista uno de nuestros hijos. Me miras y haces como que me ves. Me hablas, me explicas, me indicas, me cuestionas. De cuando en cuando te me acercas y te preocupas por mi estado y yo solo pienso en mí.

Ya no escucho las canciones que me recuerdan a mí. Ya no abro libros donde el testigo de una seca flor me avisa de que allí habita un sueño ya vivido, inalcanzable.

Te miro con semblante severo. Te observo y me hago el mártir, la vítima de tan injusta sociedad; y casi me lo creo. Me mantengo inmóvil a pesar de tu proximidad y el cuerpo se me hiela cuando el terciopelo de tu epidermis me acaricia. Escucho las cosas importantes que tienes que contarme y te inquietan; una vez más me sorprendes con tu inteligencia emocional, tu empatía, tu gigantesca humanidad. Siento que estoy muerto, que no es justo que yo tenga que vivir esta realidad profesional después de tantos años dando lo mejor de mi. Siempre pensando en mí.

Ya no me oyes. Lo he conseguido. No tienes ninguna duda. Ya no me ves. Ya no te quedan más lagrimas para mí. Ya nadie te hará llorar porqué nadie merece tu llanto salvo tú. Lo nuestro será tan difícil de recordar como la música de está canción.

Pétalo a pétalo

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El día que murió mi padre en Granada, los almendros estaban en flor. El día que nació mi hija los portugueses metían claveles en los fusiles de los soldados. El primer amanecer junto a mi amante compañera, además de nuestros ojos, se abrieron los azahares de toda Sevilla. Las bignonias explotan en el Aljarafe para celebrar los nacimientos en agosto de mis otros dos hijos. Sí, claro que recuerdo tus nardos, y las rosas de ella y aquella margarita que regalé a la hermana de la niña a la que amé en silencio durante tanto tiempo. Mi tío Jacinto quiso que el mío fuera el recuerdo de él: como la flor que brota en la rama en la que otra flor murió.

Cuando paseo por Granada junto algún naranjo en flor recuerdo el amanecer sevillano, el profundo amor que fue cayendo pétalo a pétalo para dar paso al fruto que maduro hidrata nuestras vidas. Cuando paseo y me detengo junto a un par de almendros en la puerta de una casa baja con jardincillo en la zona de Nervión, Sevilla se me aparece como la cuna de mi padre, la ciudad en la que él nació y a la que solo volvió de mayor y una vez al año para trabajar en su feria. Cuando recojo los últimos enseres antes de devolver las llaves de la casa en la que un día plantamos bignonias, almendros, rosas, naranjos y hasta jacintos, siento que no somos otra cosa que floraciones de un mismo árbol, y que cuando nos desvanecemos pétalo a pétalo nos extendemos por un mundo que está en continua floración.

Nunca desojaré una margarita para saber sí o para saber no. Como una Rosita soltera encontraré en el lenguaje de las flores el curso de mi propia vida: Gota a gota; beso a beso; lágrima a lágrima; sonrisa a sonrisa; pétalo a pétalo.

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