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Ellas no lo dejarían más en ridículo. Viviría una vida como la de su padre y la de su abuelo: junto a una mujer que lo admirase.

Aquel verano lo pasaría en Perú, en calidad de reportero, trabajando para una revista europea de viajes.

Enfundado en su rol de hombre moderno y progresista, se paseó con su flamante cámara fotográfica por el Cuzco, el Valle Sagrado, el Machu Pichu…

Invitado por la Universidad César Vallejo de Lima, participó como ponente en un ciclo de conferencias dedicadas al papel de la mujer en el periodismo actual.

Él pasaba las páginas montadas en Power Point y ella lo miraba con sus oscuros y profundos ojos, mientras se dejaba hipnotizar por el cálido acento sevillano en aquella aula llena de estudiantes de periodismo.

Cenaron aquella noche en el restaurante Brisas del Titicaca, donde sonaban marineras y landós en directo mientras él le contaba su vida y ella escuchaba, como estaba dispuesta a escuchar el resto de su vida, en silencio.

Ella mira por la ventana. Ha hecho ya las tareas domésticas, la casa está flamante y piensa en lo distinta que es su vida a como la soñó. Piensa en silencio, sin que se le note el acento limeño mientras acaricia su barriga embarazada. Mira por la ventana y sabe que mientras asienta él se sentirá el amo y pagará las facturas. Cuando la pequeña crezca, se matriculará en la facultad en Sevilla y terminará su carrera. Hay muchas formas de prostitución. Hay muchas mujeres sumisas.

 

 

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