Había sido un niño algo mimado, seguramente a consecuencia de ser el único varón de los cinco hermanos. Su infancia transcurrió con la normalidad propia de una familia de clase trabajadora en un pueblo pequeño del interior en el sur con el comienzo del nuevo siglo. En casa nunca se habló mucho de política, y sus padres no participaban de la democracia más que con un voto dividido entre la izquierda moderada y la socialdemocracia liberal.

El muchacho creció sin conciencia de clase pero fascinado por el brillo de los escudos en relucientes carrocerías de autos de lujo, convencido de que para alcanzarlos algún día bastaría con emular a los moradores de la casa Consistorial, esos a los que había visto siempre mandar en su pueblo, y a los que soñaba relevar.

Desde que terminó la carrera estaba preparándose para opositar a funcionario del Estado: había que garantizar la manutención perpetua (los gustos caros ya saldrían de otro sitio).

A pesar de su manifiesta falta de interés por la política, Abelardito sorprendió a más de uno (y a más de una) cuando su nombre apareció formando parte de la candidatura del partido conservador a las elecciones municipales de aquel año.

Tomó posesión de su acta y su concejalía con cartera e inició la puesta en marcha de un sueño.

Trascurrieron los cuatros años tan rápido que apenas pudo prepararse las oposiciones que había relegado temporalmente a un segundo plano.

Durante esos cuatro años firmó una enorme cantidad de papeles, pero nunca leyó su contenido: ese era el acuerdo. En todo acuerdo se puede dar el desencuentro.

En los siguientes comicios él sería el candidato a la alcaldía.

Tras el recuento de los votos cerró los ojos brevemente y vio que el sueño era ya una realidad. Aquella noche en casa, mientas todos dormían, él buscó en internet el coche que tanto deseaba y consultó su precio, prestaciones, color y hasta el concesionario en el que lo compraría.

No pudo ser, los partidos socialdemócrata liberal y de izquierda moderada unieron sus fuerzas y dejaron al pobre Abelardito sin coche. Cuatro años en la oposición, sin mucha idea de cómo hacerla ni tiempo para aprender. Para oposición la de funcionario del Estado. Toca hincar los codos, con lo poco que le gusta trabajar al opositor Abelardito.

 

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