Mi primera mirada al día es con los oídos, cuando se me apaga la luz de los sueños y abro los ojos. Se me cuela la luz exterior, que me llega desde el poco espacio que dejan entre si las acículas del viejo pino que hay ante mi ventana. Retiro la máscara de mi rostro y apago la máquina del aire. Un avión desde sus motores me dice que otros madrugaron y apagaron antes que yo sus sueños. Desde Doñana me llegan los retumbónes de una negra tormenta que se acerca. Ya no se confunden con aviones. Retumban amenazantes cada vez más cerca los relámpagos. Una pareja de torcaces juegan entre las ramas y su arrullo grave me sumerge en un nuevo sueño. Estalla la tormenta y, ahora sí, comienza un nuevo día: que fastidio.

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