Era un presidente gris, mamporrero de la troika, las multinacionales y los macarras de la pasta que se mueven entre Marbella y Galicia. No leyó jamás un buen libro (ni un mal tebeo) se llamaba Marianico, corto en todo menos en una cosa: tenía Otro Él.

El Otro Él desprendía destellos de inteligencia en su mirada, se enamoraba de los desnudos torsos de los muchachos en la playa, lloraba emocionado en el ocaso del día en el difuminado rojo horizonte. Al presidente le inquietaba el Otro Él cuando se plantaba allí todo tieso frente a sus votantes. Por otro lado el Otro Él era afeminado, y debido a ello, Marianico no podía ser tan machote como le hubiese gustado.

Una noche Marianico llegó derrotado a casa tras el Consejo de Gobierno, se quitó los Martinelli, los calcetines de hilo escocés llenos de agujeros en los talones y puso los pies en un barreño con agua caliente y sal. Prendió la tele para ver el partido de la jornada, pero el presidente se durmió. Al despertar el Otro Él sollozaba sumergido en un profundo regomello. Ojiplático, el presidente no supo qué hacer, y pasados unos segundos se vino arriba y acusó de terrorista al Otro Él. Este no dijo nada, se fue al baño y se ahorcó de la barra de la cortina de la ducha.

De momento la muerte del Otro Él supuso un mazazo para Marianico el Corto, pero se repuso en menos de lo que se tarda en indultar a un corrupto tesorero y le embargó la felicidad pues podría hacerse el machote más allá de los límites de lo políticamente correcto.

Tras guardar varios días de luto, salió a pasear y escupir sobre el piso mientras sobaba sus testículos sobre el pantalón. Apoyados en un coche estaban algunos de sus votantes más fieles lo que dibujó en su rostro la más cínica de sus sonrisas.

Pero al pasar él junto a ellos, no lo vieron. Peor aún, el presidente pudo escuchar sus comentarios: «Pobre Marianico. Y pensar que parecía tener tanto poder».

El presidente perdió su alharaca sarcástica y, en ese instante, a la altura de la garganta notó un ahogo como el que tienen los manolitos cuando alguien les discute su hombría. Pero no se sintió realmente un marchito, porque toda la virilidad se la había llevado el Otro Él.

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