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Sentado desnudo sobre la tierra del piso circular, por un instante, soy consciente de haber perdido la cabeza: no recuerdo mi nombre, mi lengua, mi origen… sé que soy prisionero en ese lugar pero no sé quién es mi carcelero. Sobre la mesa, y esparcidos por el suelo, papeles manuscritos se amontonan. Me viene a los labios la palabra poesía y al intentar pronunciarla solo arranco un leve gruñido a mi garganta… La condena no tiene fin y fuera de ese instante solo queda una bestia. Una de tantas.

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