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Concha se toma un café sentada en la cocina. Curiosamente una de las breves del periódico gratuito que lee hace referencia a la esperanza de vida de las andaluzas. Ella ha cruzado la línea: hoy cumple 83 años.

Recoge el plato con la tostada casi entera, que tira al cubo de la basura, y junto a la taza de loza blanca y la cucharilla los mete en el fregadero, los lava y pone a secar en el escurreplatos.

Lleva puesto un albornoz blanco con el escudo del Betis bordado y una toalla verde y blanca liada en su cabeza. A mitad del pasillo siente un ligero mareo y se apoya por un instante en el quicio de la puerta del «despacho». Entra en la habitación y aparta la tabla de la plancha a un lado para poder llegar hasta su escritorio y se sienta.

La mesa se la disputan libros, facturas y recibos, cartas y ropa primorosamente amontonada. Junto al teléfono, casi tan mayor como ella, una bolsa de papel kraft con un adhesivo de moderno diseño vende el número de stand de una librería local en la feria del libro de este año. De su interior saca un hermoso ejemplar con la última novela de su autora de cabecera. Abre con cuidado la cubierta y en la página de respeto y con su vieja estilográfica escribe:

Feliz cumpleaños, Concha. Empieza este libro por el final o nunca sabrás como termina. Gracias por la vida y respeto que te has tenido. C.

Han pasado algunas horas y el timbre suena con desesperante eco en el interior del piso. La mujer yace en la cama junto al libro que nunca leerá.

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