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La incertidumbre por la respuesta de los lectores le hace buscar en el bolsillo de su chaqueta un antiácido para aliviar la angustia estomacal.

Ha estado apunto de perder su tren, pero la retirada del cadáver de un perro cruzado en las vías ha retrasado la salida. Llega con el tiempo justo de salir a la carrera a la calle y coger un taxi que lo lleve a los grandes almacenes en los que le esperan una mesa y una silla junto a un cartelón de pie con la reproducción de su libro con el anuncio de la firma de ejemplares y una máquina registradora frente a una estantería con decenas de ejemplares de su primer libro.

De poco le había servido reinventarse. Cuando las circunstancias obligan, y empujan insolentes en dirección distinta a la del camino andado, terminan apareciendo de la nada ante nuestros ojos nuevas e imposibles encrucijadas.

En unos minutos se forma una cola de cinco o seis personas con su libro en la mano. Casi todas mujeres. Mientras escribe sus dedicatorias en la página de respeto, por encima de sus gafas, intenta reconocer al hombre que cierra el paciente cortejo y un sudor frío cubre todo su rostro. Durante unos segundos se cruzan fijamente las miradas.

Este ejemplar no será dedicado por el autor. El cliente, en un gesto muy rápido y violento, golpea la mejilla del autor y la encuadernación en cartoné multiplica la fuerza del golpe. Seis puntos en la mejilla y dos horas y media de regreso en tren para pensar en las traiciones.

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