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Hacía varios años que se había jubilado. Siempre pensó que la suya sería una vejez serena en la que disfrutar de cuantas cosas quedaron postergadas. Sin embargo la situación económica, y los últimos años sin cotizar, mandaron al traste muchos de los planes que se habían hecho Isabel y él.

Ella no se quejaba. Nunca necesitó mucho para sentirse bien. Era de poco comer y su tarjeta de la biblioteca le cubría «todos sus vicios». Lectora ávida y lúcida. El pequeño apartamento, rehipotecado para salvar el negocio de su hija, requería poca atención. Entre los dos lo mantenían casi sin esfuerzo. Bastaba con no manchar y colocar cada cosa en su sitio: había un sitio para cada cosa. Pocas cosas. Se habían desprendido de todo lo innecesario. Como decía Horacio, «El único trasto que queda en esta casa soy yo.»

Él relataba por lo bajinis durante todo el día, y ella le preguntaba arrastrando casi hasta el infinito y paciente un «¿qué te pasa?», una y otra vez, sin recibir casi nunca más respuesta que una mirada cómplice, forjada en sus 47 años de convivencia, por encima de los vidrios de las estrechas gafas descuajeringadas y cuyas partes se mantenían unidas milagrosamente con cinta aislante.

Ella era muy feliz preparando un arroz para su hija y su nuera cada vez que le traían a sus dos nietas algún domingo por sorpresa. Horacio hacía como que le molestaban aquellas visitas no anunciadas, pero Isabel sabía que le ilusionaban tanto como a ella. Ellos se conocieron cuando Isabel estaba a punto de dar el paso a la homosexualidad, como siempre le recordaba a él: «No querido, si no te hubieses cruzado en mi camino justo en aquel momento, mi vida sentimental habría estado libre de hombres, te lo garantizo.»

Horacio soñó siempre con ser pintor. Desde hacía algunos meses, de forma autodidacta, se inició al dibujo al natural y la acuarela, revelándose como una artista de talento. Isabel era siempre su modelo. En un viejo reproductor de CD escuchaban clásica y jazz. Ella leía y él la retrataba.

Isabel llamó a su hija aquel sábado y le pidió que ese domingo no se pasaran por casa, pues iban a salir a dar una vuelta por el campo ya que los días empezaban a ser cálidos y casi primaverales. Horacio e Isabel pusieron en modo bucle un disco. Cerraron bien puertas y ventanas, bajaron las persianas, corrieron las cortinas del salón y en la penumbra se abrazaron tumbados en el sofá. Se dejaron morir escuchando los «Grandes éxitos» de Billie Holiday.

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