Cójase una foto familiar. Una en la que aparezcan un par de seres humanos. Pueden ser una mujer y un hombre. Mis abuelos o tus padres.

Mírese fijamente a los ojos de los seres allí detenidos. Primero a uno, luego al otro.

Imaginemos sus infancias y los rostros a los que miraron desde sus pequeñas estaturas. Pensemos en todos esos rostros y detengámonos en sus ojos. Penetremos en esos universos congelados. Allí en la profunda quietud de lo invisible, en la magia de nuestra memoria incomprensible, allí estaremos nosotros también.

Somos poco más que nitrato de plata en reacción química. Luz y oscuridad. Claros y oscuros. Sombras proyectadas sobre el olvido de nuestra propia existencia. Nunca existimos. Somos algo entre la energía y el tiempo. Somos todos, con todo, apenas un daguerrotipo en desintegración

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