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Mi padre me interrogaba en el quicio de nuestro piso sobre las horas a las que llegaba. Él sabía de dónde venía y tenía miedo. El partido llevaba unas horas legalizado, pero él tenía en su rostro dibujado el mismo miedo que cuando, algunos años atrás, miraba a la pequeña ventana aquella con barrotes de la prisión de Martutene donde tenían al viejo comunista andaluz; a su viejo. Yo debía tener cuatro o cinco años, pero recuerdo bien a mi padre, conmigo en brazos, estirando su índice y apuntar de forma precisa hacia aquella ventana:

— Mira, Jacin, allí está el abuelito Manuel, dile hola.

Mi madre está mayor y postrada en una silla de ruedas. Ha perdido la esperanza de vivir en España en una democracia real que se ocupe de los restos de su padre que siguen, junto a los de más de un millar de asesinados por los fascistas, en una fosa bajo la tapia del cementerio de Granada.

María, mi abuela materna, esperó una vida entera el regreso de su Antonio. Imaginó, o quiso creer, que había escapado al extranjero y que un día volvería a por ella y los niños. Cuantas veces la acompañé a aquel cementerio a llevar flores a sus primos allí enterrados y pisamos la tierra que cubría a su hombre, el joven poeta y ebanista del que conservaba dos hijos, un retrato, un costurero que le hizo cuando novios y tres poemas de amor que ella nunca pudo leer por ser analfabeta:

— Jacin, ya leerás los poemas de tu abuelo Antonio cuando seas mayor…

Mi viejo murió sin conseguir, tras años de lucha, que se reparase la injusticia para con su padre, quien perdió media vida viendo como el régimen jugaba con él a falsos fusilamientos de madrugada hasta dejarlo salir para morir en casa con un enfermedad terminal.

A mi abuela Guadalupe le robaron su vida, la de su hombre y la de sus hijos. Contaban las horas y los días en aquel pequeño piso en Martutene oliendo la humedad del Urumea, esperando al abuelo, mirando fotos de los años en Granada cuando tenían una vida normal antes del Golpe Militar. Ella, maestra y directora de colegio público republicano antes de la barbarie, sobrevivió trabajando como limpiadora en un colegio nacional allí en el lejano norte, donde siguen mis tíos y primos que quedaron en el exilio ya por siempre.

Ahora o nunca. Hay que reparar tanto dolor, tanta injusticia. Los cómplices con el régimen han hecho de éste un régimen garantista de la impunidad de aquel y sus asesinos. Las víctimas están en fosas comunes repartidas por toda la geografía. Los cementerios llenos de presos esclavos a los que se les dio una vida en el terror. Sus viudas y viudos dejaron de llevarles flores y están junto a ellos bajo la fría tierra ya. Las víctimas murieron viendo a los suyos encarcelados o crecer en condiciones extremas a sus hijos y nietos. Todos somos víctimas y esperamos una reparación.

Hay que cambiar este régimen por una democracia decente. Ahora o nunca. Toca cambio.

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