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Había leído mucho. No era de gustos definidos. No había un género concreto por el que sintiera especial interés. Le gustaba leer y leía de todo. En casa de sus padres nunca hubo televisor; tampoco después en su pequeño apartamento. Sí gustaba de escuchar la radio antes de acostarse, mientras se aseaba en calma tras el día estresante o para recibir el día con las primeras noticias mientras se afeitaba.

De la adolescencia voló al realismo mágico a través de la pasión de su padre por los autores latinoamericanos. Cuando se emancipo descubrió los ensayos de grandes y desconocidas autoras que le ayudaron a entender la verdadera dimensión de su madre, quien siempre se las descubría.

Era una persona juiciosa, reflexiva y respetuosa en las conversaciones, donde era capaz de aparcar su ego en beneficio siempre de la pluralidad del grupo, escuchaba y sus pausadas intervenciones siempre se ganaban el respeto de los demás que le escuchaban sin interrupciones.

Había sido una persona de pocos recursos sociales y no contaban con demasiadas amistades. De hecho apenas se relacionaba con algún compañero de trabajo de forma ocasional y siempre en el ámbito laboral. Esto cambió con la aparición de las redes sociales en internet, donde poco a poco fue dominando las herramientas digitales y se hizo un hueco en distintas plataformas profesionales y de opinión.

Ante el estado de corrupción de los principales partidos políticos que habían gobernado su país tras la muerte del dictador y ante una democracia convertida en farsa desde antes de su proclamación, justificada en demasiados casos por tantas extrañas personas en el ágora virtual, decidió volver a su refugio de papel impreso. Cerró sus cuentas en la red, inhabilitó su blog y sonrió por la felicidad de saber cuantos amigos le esperaban en aquellos estantes de su modesta pero intensa biblioteca. El lector tenía una vida por delate para compartirla con todos ellos.

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