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Nací andaluz, aunque lo hiciera en el País Vasco como mis dos hermanos y todos mis primos. Ellos tenían el acento de nuestros vecinos, yo el de mis mayores.

En mi imaginario sonoro, mantengo indeleble la tamborrada y sus ecos por las callejas de la limpia Donosti y las alharacas andaluzas de mi padre cuando mis pequeñas manos tapaban mis oídos. Cada año, desde hace décadas, bajo mi ventana retumban otros tambores en la «semana grande» de Andalucía.

Veintiocho de febrero, día nacional de Andalucía. En la radio las noticias hablan del desbordamiento del Urumea y vuelvo en un instante a Martutene, el pueblo que me vio nacer, y allí lazamos palos al río hermanos y primos en singular carrera contra el tufillo del agua.

El imaginario olfativo es misterioso y de aquel Urumea que recuerdo esencialmente por su hedor, regreso con la siguiente noticia de la radio a mi actual Andalucía donde la corrupción y la codicia se desbordan en manos de quienes gobiernan desde hace treinta y cinco años.

Soy un andaluz que nació en el exilio interior. Repatriado con las pocas pesetas ahorradas durante doce años por mis padres en el norte y enterradas en un bar de un polvoriento pueblo del sur.

No soy nacionalista. Mi vocación es internacionalista y siento el calor de todos los pueblos, pero hoy el acento de mis mayores y mis vecinos es el mío, el que me hace estar pegado a esta tierra que toca cambiar. Hoy, y sin que sirva de precedente (o sí) grito un ¡Viva Andalucía libre!.

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