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La pajarita y el pantalón negros recién planchados, doblados sobre el asiento de la silla de enea, y la camisa y la chaquetilla de blanco nuclear, descansaban sobre el respaldo confiriendo cada día al comedor de nuestro viejo piso el aspecto de un espacio ritual, como el de un sacerdote azteca ante un sacrificio o el de un matador español en su hotel en Bogotá antes de la lidia.

Mi padre salía del baño en camiseta, recién duchado, su barba rasurada con la maquinilla eléctrica, y se sentaba en otra silla junto a su ropa. Mi madre le peinaba su negro y brillante pelo haciéndole la raya en un lado.

Bajo la silla con su ropa, los negros zapatos de mi padre mostraban las horas y trasiegos con bandejas cargadas de platos y vasos. Yo los rescataba de su lamentable estado y cada día, con betún y cepillo, los dejaba listos para la nueva jornada.

Cada día mi padre se vestía su uniforme de trabajo y se calzaba sus negros zapatos, con la dificultad al agacharse provocada por su voluminoso abdomen. Salía a la calle y ganaba el jornal honesta y profesionalmente con el que mantener a su familia.

Hace años que gasté las suelas de mi último par de zapatos caros comprados en la época en que todo parecía sólido. Los que hoy limpio son similares a los que cada día limpiaba para mi padre y con ellos piso con la misma dignidad que él.

Tengo un par de zapatos negros, mantengo intacta mi dignidad y mi conciencia de clase.

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