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Hasta aquel momento no supo que su sueño era posible. Miles de miradas hacían de focos iluminando su cuerpo. Su voz, amplificada, llegaba contundente más allá del propio recinto. Más allá de la ciudad, del país, del continente…

La jauría es soltada cada anochecer y deambula por la finca del amo babeando sobre la fresca hierba a la que enseña las fauces ávidas de cuerpos por mutilar.

Mientras fluía su discurso ilusionante, diferenciador, realista y nuevo, en su interior articulaba otro más claro y, con ambos, construía un dialogo consigo mismo y los millones que le escuchaban.

Los símbolos prendían aún de los edificios públicos, desafiando a la historia, a los ciudadanos. Ofendiendo a las víctimas y sus descendientes.

El instante se adueñó del tiempo. Lo que ayer percibió como utopía hoy era reclamado como urgente y posible por los millones que le seguían.

Los justos eran desahuciados. La inocencia sólo habitaba en los libros. La ignorancia se extendía como la primera pandemia de aquel siglo nuevo con olor a panceta rancia.

Multiplicar un pan o un pez es más fácil que multiplicar un líder. Separar las aguas del Mar Rojo una ridiculez comparado con el intento de detener a La Bestia.

Baja las escaleras del escenario y con su serena sonrisa recibe los fogonazos de los digitales flashes. Los aplausos dentro y fuera del recinto ya son imparables.

La vieja Europa parece despertar de un mal sueño dentro de una larga pesadilla. Allí estás tú, preguntándote si darás finalmente el paso.

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