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Su voz era el bálsamo contra la angustia en la caída hasta que llegaba mi hermano corriendo desde el fondo del patio. Su rostro era dulce, y suaves sus manos sanadoras cuando las pasaba por la zona dolorida. No recuerdo el nombre de mi maestra en el parvulario.

No recuerdo el rostro de mi abuelo Manuel. Al poco de volvernos del norte tras su muerte, en su pequeña casa de Las Mimbres, en Maracena, conocí a Joseico, su hermano gemelo. Recuerdo su rostro y en su recuerdo consigo ver a mi abuelo.

Eran radiantes y calurosos aquellos días de juego en verano, sin colegio, deambulando por las hazas entre acequias, vías de tren, cañaverales y albercas de las que era difícil salir, tras coger ranas, por estar casi sin agua y ser altas sus paredes. Había allí muchos niños, pero no los recuerdo. Estábais pero no os recuerdo…

Carmencita estaba presente siempre: en Donosti, Martutene, Granada, Almuñecar… la hermana de mi padre murió hace unos días y se me pasean por la memoria momentos vividos con ella, mi tío, mis primos. No recuerdo cuando fue la última vez que la besé ¿me despedí de ella?

Necesitaba ganar aquel premio. Podría pagar los meses acumulados de alquiler de casa de mis padres y de mi apartamento. Antonio, en el ayuntamiento, me da cuenta. Esta vez no será. Mi cuadro ha sufrido un accidente y el lino está rajado en diagonal, como si se hubiera metido en una reyerta y una navaja me lo hubiese matado. No recuerdo el título de aquel cuadro.

Mi hermana tenía problemas para salir sola de noche. El viejo solo la dejaba si era en mi compañía. Sentado en aquel portal, pensaba en por qué se le llamaba «carabina» y me sentí, de repente, como un fusil abandonado por un soldado tras desertar de su guardia. No recuerdo quién era el amante, pero sí que hacía frío, era tarde y quería irme ya a casa.

El coche estaba cargado con mis maletas: un R5 amarillo matrícula de Granada. Esperando el giro de la llave pensaba en que no volvería más a esa ciudad, no hasta que toda aquella partida de impresentables dejase el ayuntamiento, la diputación… pensaba en los olvidos, en las personas queridas de las que no me había despedido. Los vería dentro de poco. O no. Somos lo que conseguimos recordar y no dejamos de ser lo que olvidamos.

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