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En un rincón del pequeño lavadero, junto a botellas vacías de cerveza y bolsas de basura acumuladas de varios días, se amontonan aerosoles de pintura. Se arrodilla junto a ellos y los agita uno a uno para comprobar su contenido. Mete varios en una pequeña mochila. Se termina el café y deja la taza sobre la lavadora junto al montón de ropa sucia que mira con fastidio. En el suelo una caja de detergente abierta y tumbada le recuerda que tiene que pasar por el chino. Se agudiza su mohín y su rostro se afila como una navaja de Albacete.

Son las 4.37 de la madrugada, es domingo y no hay nadie en las calles. La ciudad dormirá aún un par de horas. Hace frío y el brillo del piso mojado parece meterlo en los huesos y, a pesar de ello, su cabeza rapada y desnuda se calienta por segundos con sus pensamientos.

Han pasado quince años y su herida no cicatriza: un disparo que hizo contra sí mismo. Está convencido de que la venganza es un plato que se sirve frío, siempre le gustaron los tópicos a pesar de manifestarse en contra de ellos. No se dieron antes las circunstancias apropiadas pero hoy será su gran día. Como un destello en la hoja de un cuchillo sus sonrisa brilla.

La cafetería donde cada mañana desayuna está cerrada, los veladores no están montados y en su lugar hay un gran charco de agua. Esto le produce más desorden mental. Al poco se detiene. Ante él la pared de ladrillos rojos se presenta como un lienzo sobre el que transcender más allá de sus límites. Comprueba que nadie lo observa.

No deja se proyectarse una y otra vez la historia que ha recompuesto debidamente para justificar su fracaso, su metedura de pata, su falta de talento, su deslealtad, su envidia.

Agarra con fuerza el spray y dispara sobre el desnudo ladillo rojo su infundada y nominalizada acusación caligráfica en negro. Corre, corre sobre el charco y parece un desertor campo a través huyendo de la batalla que él mismo empezó. Corre y mira hacia atrás como el que huye de su propia bala que está apunto de alcanzarle. Corre.

Amanece y las primeras luces hacen aparecer la ciudad oculta. Comienzan a circular los autobuses urbanos, los autos particulares, los taxis y las bicicletas. Los transeúntes con paso firme se dirigen a sus trabajos y rutinas.

Sobre las paredes lucen hermosos grafitis que anónimos artistas nos han regalado, pero también algunas pintadas sin talento que ensucian la ciudad y oscurecen la inteligencia.

Ya no corre, ahora espera. Está sentado en una de las mesas a la puerta de su cafetería preferida. Se toma su segundo café y en la distancia espera ver el rostro de su víctima cuando descubra su nombre y la acusación en la fachada de su centro de trabajo. Espera, pacientemente espera. Llega el gran momento: él pasa junto a la insidia sin mirarla y entra en el edificio. Ni él ni ninguna de las personas que entran y salen del edificio miran la pintada. El envidioso se levanta, paga al camarero y se aleja despacio, sin talento, calentando su cabeza desnuda, anónimo.

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