Etiquetas

, ,

No soy nada, soy yo todo.

Si miramos a una persona de una forma integral, concluimos que es persona. Si lo hacemos parcialmente, observando una parte o periodo vital, tendemos a clasificarla de cosa.

Mi pasión por el dibujo me mantenía en casa, tras salir del colegio y los fines de semana, copiando sobre pliegos de papel barba los escorzos y sombreados a plumilla de maestros Marvel como Jack Kirby y Steve Ditko, o los diseños de personajes del japonés Yoichi Kotabe; Will Eisner; Breccia; Sampayo; mi hermano Pepe… Quienes me conocieron entonces, y dejaron de ver, me recuerdan como un dibujante de tebeos.

En las distintas edades nos formamos y vivimos episodios con intensidad vital suficiente para ser vidas en sí mismas. Puzles poliédricos.

Me zambullo en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos en mi adolescencia: talla en piedra; carpintería; vaciado; modelado; pintura; grabado; dibujo al natural y dibujo publicitario; historia del arte; fotografía; diseño gráfico; historitas… paso por todos los talleres y ayudo a crear uno nuevo de títeres. La obra teatral de Lorca en marionetas de hilo. Creación de los personajes, su construcción, manipulado y posterior representación en España y Francia. Y aprendo a tocar la quena, zampoñas y charango y hago del repertorio de los chilenos Inti Illimani y Quilapayún el mío. Soy un titiritero para aquellos que dejaron de verme entonces.

Nos educan para ser cosas. Nos domestican para asumir roles. Nos condenan a ser planos como pliegos de papel con dibujos en dos dimensiones.

Conocer a Guerreo tras su vuelta del exilio, y añadir sus enseñanzas a las recibidas por Espadafor, Juste, Brito o Sánchez Muros entre otros muchos, me ponen en la senda del arte con mayúsculas y me sumerjo febrilmente en las paletas de las vanguardias pictóricas y los ismos del siglo XX. No tengo dudas: me siento un pintor en cada una de mis obras… y en cada una de mis ventas. De cuando en cuando, aún hoy, alguien me llama maestro.

Se nos percibe por lo que hacemos profesionalmente, no por cómo somos y sentimos. Se nos clasifica como cosa, no como persona.

Mi gran escuela fue un periódico. Allí conocí las grandezas y miserias de los humanos. Allí conocí lo peor del periodismo, y lo mejor. Allí, en aquella redacción y en aquellos talleres, supe de mi propio talento y de mis muchas carencias. Allí quise crecer. Allí conocía a muchos trepas. Allí compartí esfuerzo con grandes personas que trabajaban a las ordenes de otras más pequeñas. Allí conocí a una feminista que me hizo cambiar la mirada hacia las mujeres. Allí conocí a un corrector más culto que un director. Allí conocí a tres de mis autores favoritos. Allí me bautizaron como periodista.

Somos unidades de carbono poliédricas que, en la mayoría de los casos, se quedan hieráticas frente al espejo mirando por siempre una de sus caras.

Asumí el rol de profesional de la comunicación hace más de tres décadas y he compartido grandes experiencias con mis socios y como parte de equipos de profesionales en las que envejecí, y los roles de padre, amante, transgresor, voluntario, militante, ateo, melómano, usuario, paciente, músico, alumno, escritor, parado, amigo, vecino, hermano, hijo, enemigo, cliente, deudor, confidente, perro flauta, maestro, cooperativista, socio, compañero, vocal, coordinador, presidente, disidente… somos poliédricos.

No somos nada: somos todo.

Anuncios