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Se detuvo. Buscó donde descansar, y se sentó. No había parado de andar en sus 73 años de vida y el cansancio podía apreciarse como una línea azul vertical sobre su rostro.

Se sentó sobre una piedra del camino desprendida de otra mayor que rodó hasta allí hace tres millones de años por un seísmo que agitó un planeta que sin consciencia aparente se transformaba a golpe de fuego y vapor.

Cerró los ojos y pensó en la línea índigo que hacía de su rostro dos mitades asimétricas pero armónicas. Recordó los versos de un viejo amigo al que perdió antes de que las fuerzas le abandonasen, y los recitó para que sólo los pudiesen oír sus labios.

Mientras susurraba las hermosas métricas, sus cansadas manos acariciaban la fría piedra que poco a poco alcanzó la textura de su piel. Sintió un profundo regocijo seguido de un leve escalofrío. Abrió los ojos, se puso en pie y contempló la blanca piedra irisada.

Construyó allí una humilde cabaña junto a la piedra y, entre restos del frío y fosilizado magma, esperó la muerte. De cuando en cuando recordaba a su amigo y acariciaba la piedra que nunca lucía igual.

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