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Ella está lavando a mano la ropa. La lavadora dejó de funcionar hace tres días. Ni él ni ella tienen un trabajo remunerado: quién sabe cuándo se podrá llamar al técnico para que la arregle. Seguramente habrá que comprar otra. Impensable. Frota y piensa en las pesadillas encadenadas y en los sueños que nunca se realizarán. El aroma químico del detergente barato que se pueden permitir le produce jaqueca y levanta su delicada piel dejando sus manos abrasadas. Se acabó la crema hidratante hace meses. En algún momento cerrará los ojos y por unas horas olerá a nardos y jazmín. Sueña con la noche que nunca parece llegar. El día es otra pesadilla.

En su rostro marcado por el miedo y el cansancio, sin que ella sea consciente, se dibuja una leve sonrisa por un instante. Ella aclara la ropa con agua helada mientras está inmersa en un recuerdo de su época universitaria. Como se reían en aquellos años, y que seguras estaban de que el futuro era todo suyo. Que ingenuas fueron pensando que aquellos compañeros las reconocerían como iguales llegado el momento de la verdad. La verdad es del género masculino, como las manchas en la ropa interior de la colada.

Ella mira a él que se afana en el ordenador. Intenta terminar un trabajo al que tiene que dedicar muchas horas y por el que le pagarán casi nada. Lo mira y siente pena por él y por ella, y por los niños. Seca sus manos con una pequeña toalla deslucida y que casi no vale ya como trapo para el suelo, y atiende a su hijo mayor que se distrae y no termina de ponerse a estudiar en serio. Aunque intenta no hacerlo, compara su adolescencia con la de su hijo. Sabe que no debe hacerlo; que no sirve para nada; que no es justo; que ya lo hicieron con ella sus padres… pero lo hace, se enfurece y grita. Ella pierde los nervios y grita.

Con lágrimas en los ojos ella escurre las prendas una a una. No hay fuerza tampoco en sus brazos ya. Él se arrodilla junto a ella y se abrazan. Se besan brevemente. Ella se levanta y sale del cuarto de baño dejándolo a él escurrir las últimas prendas. Él sale al balcón a tender la ropa. Ella está ahí, abrazándose así misma, con su mirada perdida en el ocaso que se dibuja en el cielo. Llora. Él prepara una ensalada y unas tortillas mientras pide a los niños que pongan la mesa. Ella cambia a limpio las camas. Cenan, recogen y se acuestan.

Ella se acurruca bajo el nórdico que se compró en la buena época. Se gira y besa a su compañero; le desea las buenas noches; se da la vuelta; se acurruca de nuevo. Se cierran los ojos pero no dejan de brotar las lágrimas por ellos. Un aroma a nardos y jazmín lo cubre todo. También a ella.

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