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Trabajo en el montaje de un panel para una exposición itinerante en la que unos incombustibles ciudadanos se empeñan en que no permanezcan olvidados, ocultos, enterrados, ignorados ni difamados, los nombres de los desaparecidos tras ser asesinados por los militares rebeldes desde su levantamiento en armas contra el pueblo un 18 de julio de 1936 y los años que siguieron.

Descargo las fotografías y la documentación que me envían los historiadores y documentalistas que se afanan en recuperar la memoria historia de todas esas personas que aparecen en estas fotos. Cientos de personas anónimas y sin nombre, que una a una recuperan su identidad ante los ojos del editor gráfico.

Se cumplen 150 años del nacimiento de José Sánchez Rosa, maestro anarquista muerto por ser maestro y enseñar a cientos de niños a pensar en libertad. Miro las fotos, desde la ignorancia y el desconocimiento de la vida y milagros de estas personas. Leo los pies de foto, las biografías, los relatos, los expedientes sellados y datados por sus asesinos. Lo mataron en Sevilla en 1936 y se llamaba José.

Cincuenta niñas distribuidas en cuatro líneas de abajo arriba, sentadas en el suelo las más pequeñas y así hasta las mayores en pie con varias maestras detrás de todas y arriba. En el centro, con un pequeño en brazos, Paca, también maestra, hija de Sánchez Rosa, el maestro anarquista.

Paso la mirada lentamente por el rostro de cada una de esas personas y me embarga una profunda duda. Una por cada rostro, por cada vida no vivida. Con respeto, y todo mi cariño, aplico sobre sus nombres las tipografías que desde mi criterio de tipógrafo mejor les hagan justicia: letras, hermosas y legibles, como les gustan a los buenos maestros.

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