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A mis hijos, que comerán a pesar de María, que sueña con ser vampiresa y nunca pasará de chinche.

Lloro.

Aparcas el coche en la puerta de la nave, junto a la furgoneta de reparto sucia y con la rotulación de tu marca desconchada e ilegible. El negocio da para pagar los sueldos, tu descapotable y alguna otra gracia que se te ocurra, pero tampoco sin tirar cohetes. Aunque corren malos tiempos, has tenido la suerte de que tu padre dejara un buen compuesto químico que te hará sortear la crisis: todo un milagro.

Lloras.

Lloras indignada por que te han dicho una verdad y pisas a fondo el acelerador de tu descapotable. Qué te importa a ti si es justo o no lo que has hecho. Aceleras y el aire fresco de la mañana poco a poco te hace olvidar las razones de quién te enfureció y poco a poco levantas el pie del acelerador sin darte cuenta. Los vehículos a los que precedes te hacen indicaciones luminosas y tocan sus claxon.

Llora.

Que vida tan pequeña. Tus días y tus horas pasan tristes en la mesa sobre la que se acumulan facturas y pedidos, y tú misma te sientes uno más de esos tristes papeles. Tres mesas con la tuya en ese altillo triste en el que se amontonan envases y carpetas en estanterías de mecano tubo: un horno en verano y una cueva húmeda y oscura en invierno. La vieja nave donde tu padre enterró su vida trabajando sin descanso dejará de albergar el negocio familiar en el momento que terminen la nueva nave. De cuando en cuando te permites soñar y te sumerges en las redes sociales donde observas en silencio las vidas de los otros, con envidia, sin saber que ellos también se mienten.

Lloramos.

Seguro que siempre te gustaron las ñoñas películas americanas protagonizadas por exitosas y sexis ejecutivas agresivas, ocultando siempre una romántica y frágil mujer de la que poder sentir pena.

Lloráis.

Nunca te planteaste que los químicos líquidos de limpieza, que embotellas en segunda generación, pudieran viajar a los exóticos lugares donde soñaste siempre poder viajar tú. Tus socios y tú os movéis siempre por impulsos lucrativos y, si ganáis menos de lo esperado, siempre lloráis.

Lloran.

Paras en el arcén y te miras en el espejo retrovisor. Estás mayor, el rímel se te ha corrido y, aunque sabes que aquel proveedor tenía razón, lo único que te preocupa es que el líquido compuesto químico que embotellas te asegure una triste y larga vida en la que poder satisfacer los pequeños caprichos que le dan sentido a tu vida. A los demás, que les jodan: tú estás en el taco y el tipo aquel intentando hablarte del bien común.

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