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Con toda la gratitud a una gran mujer, abogada y poeta.

Los sueños nacen donde mismo se fabrican las pesadillas. Las madres suelen descubrirlo con el primer desengaño, y se ponen guapas para vestir a la triste pena que siempre nace desnuda.

Desde que supo que estaba embarazada de Teresa, durante las horas de lactancia, en el cambio de cada pañal, cuando le acercó la cuchara con su primera comida sólida, en la espera de cada día a la puerta de la escuela, hojeando su primer cuaderno de escritura, en mil situaciones desde antes de su nacimiento, su madre soñó con ese instante mágico en que la pequeña le leyera versos de sus amados poetas mientras ella sazonaba con sus lágrimas el perol de la cena.

Los sueños de las madres sufren hipotermias: las pesadillas son los fríos cobertores que los hielan hasta llevarlos a un punto sin retorno en el que el sueño no puede apenas ser soñado y nunca ya vivido.

Teresa impostaba su aflautada voz de lectora recién estrenada. Al principio era más la emoción por la hija, que había aprendido a leer, que por los propios versos, y de cuando en cuando le brotaba alguna carcajada producida por el cambio de una sílaba y su divertido y casual resultado. La pequeña leía a su madre por el amor que le tenía más que por el interés que le suscitaban aquellos poemas. A la niña siguió la adolescente y a ésta la mujer.

Los sueños sobrevienen sin avisar. Cuando creemos que ya nada puede ilusionarnos, los sueños se cuelan por el mismo espacio por el que salen las tristes penas. Teresa hoy lee a su madre los poemas que ella misma ha escrito. Las dos se abrazan y sus lágrimas están hechas de la misma materia que sus hermosos sueños.

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