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Se han juntado en una casa pequeña los muebles y enseres de dos viviendas, los libros y parte del archivo de un estudio de diseño, pintura, música, sueños… mucho se tiró al punto limpio. Abro uno de los armarios empotrados, pensados para albergar originalmente los juguetes de los niños, e intento dar con una cajita de plástico trasparente, de aquellas en las que las imprentas te entregaban las tarjetas de representación ¿las seguirán entregando así? ¿quedará alguna de aquellas imprentas? ¿dónde estará la vieja maquina Heidelberg en la que fui aprendiz de impresor siendo aún un niño?…

Es transparente y con el logotipo del Adalid Seráfico estampado en oro. Recuerdo haber guardada en ella unas puntas de repuesto para mi lápiz óptico. Se me ha caído y despuntado.

No doy con ella, pero están ahí mis viejos pinceles, mis acuarelas, óleos y acrílicos, barras de ceras y pasteles, grafitos y carboncillos. Palpo los tubos, como si los hubiera utilizado ayer mismo. Muchos están duros, secos, muertos. Otros vacíos ¿por qué no los tiré?

Guardamos cosas que en apariencia no son nada. Objetos que pudieran pasar por despojos. Su olor, textura, temperatura, suciedad, nos hablan de lo que fuimos, de lo que somos. Son, como nosotros, sueños.

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