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Los mecanismos de encendido hace años que no van. Las calvas del césped dejaron hace tiempo de ser un problema. El óxido sube implacable sobre la valla de hierro que perdió ya hasta el minio.

Ha parido la gata romana que nos ha elegido como aliados para su parto. Las tres crías, en apariencia idénticas, se mueven como accionadas por las manos invisibles de un trilero por entre mis piernas.

Giro la palanca que genera en la dinamo de mi pequeña linterna la energía que me abre camino en la oscuridad y la apago. Me detengo bajo el más viejo de los pinos que dan cobijo a la casa que nos cobija. Elevo la mirada al cielo y las estrellas me hacen sentir una profunda paz. Como la que sentía de niño cuando las miraba.

La estrellas que vemos pueden estar vivas o muertas, acercándose o alejándose. Nosotros, como ellas, somos el recuerdo de un pasado o la colapsable vida que puede extinguirse en cualquier instante.

Ladra un perro desde una parcela cercana y su desagradable voz me indica su profundo miedo en la soledad bajo esas brillantes estrellas. No tiene conciencia del espacio ni del tiempo, pero parece en su aullido decirle a los astros que él también está vivo y que un día no será más que el recuerdo de una anciana recordando a la niña que miraba estrellas intentado encontrar respuestas a las preguntas que yo ahora me hago.

Enciendo la pequeña linterna y me alejo pensando en que quizás mañana se abran de nuevo mis ojos y vea la familiar luz de mi enana amarilla iluminando lo que yo percibo como el presente.

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