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En la última mudanza trasladamos, sobre todo, libros, discos y vídeos. También movimos enseres, cacharros de cocina, la vajilla, ropa y algunos cuadros.

Otra vez los libros vuelven a refugiarse en el interior de las cajas de cartón donde viajarán en retorno extraño e incierto a una vivienda que les resultará ahora familiar.

En estos traslados siempre surge del interior de algún libro una nota, poema, compromiso, deseo, felicitación…

Pasando un montón de libros (más de los que pueden abarcar mis manos) de la estantería a la caja, uno de ellos termina en el suelo. En la caída a dejado al descubierto, emergiendo desde las entrañas impresas, la esquina de una fotografía que asoma por donde cortó el papel sobrante la trilateral cuchilla en el proceso de encuadernación de este ejemplar de «El otoño del patriarca» en un taller de artes gráficas de Barcelona, según nos dice su escueto colofón, que seguramente ya no exista.

Mis dedos tiran de la fotografía y la extraigo. Es el último retrato que le hice a mi viejo. Nos quedamos una rato mirándonos el uno al otro, Está viva su mirada, y su sonrisa. Las manchas de su piel casi pueden tocarse. Mantenemos la mirada, como si los quince años que han pasado desde el clic de la instantánea no sean más que ese tiempo: un clic.

Sigue vivo en mi memoria él, Gabo, y todos los mágicos maestros que me acompañarán hasta mi último otoño. Mientras, sigo pasando libros de cajas a estantes y vuelta a empezar. No somos más que una foto atrapada en el corazón de un viejo libro.

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