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Durante años asentiste a todas sus órdenes: era el jefe indiscutible y con él tendrías asegurado el puesto. Lo conociste en la Asociación de vecinos cuando eras todavía un adolescente militante de las Juventudes. Era algo mayor que tú, y ya era todo un líder. Sabías que llegaría lejos. Nadie sabe cómo, pero termino su carrera de derecho a pesar de su dedicación a la política y al partido y de allí al cargo que sustentó durante varias décadas.

Durante años le justificaste dentro y fuera de la organización por impresentables que fuesen sus decisiones: era el amo allí y tu sueldo dependía de sus decisiones. Viste llorar a tu padre aquel día, cuando la asociación de vecinos del barrio cerró sus puertas para siempre. Tu viejo rompió el carnet del partido y quitó de la pared de la salita el cartel enmarcado con su nombre en aquel mitin en el que compartió escenario con los líderes nacionales.

Durante años ocultaste sus chanchullos porque eran también los tuyos: él te sacó de una situación muy complicada cuando se descubrió el asunto de aquellas facturas. Tu hijo mayor te miró con tristeza y te dio una lección de ética política que nunca superarás. Sigues en el partido, pero él no. Tu hijo es un radical de izquierdas a pesar de la educación que le pagaste en el mejor colegio privado de la ciudad.

Hace algunos años que no te ves con él: ya no manda en nada ni en nadie. Vive cómodamente en una lujosa urbanización y en su despacho hay fotografías enmarcadas en las que es protagonista junto a los compañeros de travesía política.

Estás ahí mirando a las personas que discuten en la asamblea del Circulo de tu ciudad. Tu hijo sostiene el megáfono y explica una vez más en que consiste la democracia horizontal. Allí, entre los ciudadanos que escuchan a tu hijo está él, mayor, vistiendo informal y haciendo el paripé. Está dispuesto a seguir liderando el mundo.

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