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Estás ahí, sentada en esa vieja silla de aluminio lacada en negro a la que los desconchones y el tiempo están cambiando el color, con la mirada perdida en la maleza que crece descontrolada entre lo que en su día fue el más verde y cuidado césped de la urbanización. Miras a esa hermosa gata que ha adoptado a esta familia y, que siendo salvaje, es el felino más amoroso que jamás se haya visto entre humanos.

Recuerdas a tu primer hijo gateando por el verde manto doce años atrás y miras tus manos; las llevas hasta tu rostro y lo acaricias descendiendo con las yemas de tus diez dedos, desde la frente a la barbilla, y comparas la piel de entonces con la de hoy. Sonríes pues sabes que te conservas bien a pesar de no poder usar desde hace años aquellos potingues faciales.

Buscas con tu mirada la mano de tu segundo hijo plasmada sobre ese muro que se ha fracturado en su base. Te levantas de la silla y caminas despacio hacia él con la mirada fija en la pequeña mano que te hace sentir que aquello sucedió hace mil años. Te detienes ante ella. Tras unos segundo levantas lentamente la mirada y la descansas en el cerúleo cielo de esta mañana idéntica en luz a la de aquella.

Te sientes observada y te giras. Me pregunto por el motivo de esa sonrisa que dibuja tu rostro y las lágrimas que se columpian de tus brillantes ojos. Nos abrazamos. Nos besamos con el salado sabor de tu llanto. Nos tomamos de la mano y caminamos hasta las viejas sillas desconchadas que guardan nuestras secretas conversaciones, esas que nadie nunca nos podrá robar como nos han robado todo lo demás. Nos sabemos eternos amantes y ahí nos quedamos, sonriéndonos para siempre.

 

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