Su adolescencia estuvo enmarcada por aquel dormitorio en casa de su padres. Las paredes soportaban fotos de sus héroes: los asesinos rebeldes militares españoles, y sus ideólogos de yugo y flechas, y las fotografías de soldados alemanes en la segunda gran guerra custodiando con sus negros perros a judíos y comunistas desnutridos en campos de exterminio nazis. Era el mayor de cinco hermanos en una familia lumpenproletariat de un barrio obrero desclasado donde se soñaba con el pelotazo en la lotería o el lucro exagerado por colocar unos ladrillos y enfoscar en basto a un supuesto rico del centro. Nunca leyó un libro, pero escuchó en algún sitio que habría que quemarlos todos y repetía la frase siempre que podía. Hoy está tomando unas cervezas con unos compañeros de la fábrica y comparte unas risas con ellos imaginándose vestido de azul y concluyendo el trabajo que no terminaron de hacer aquellos militares inmortalizados sobre el dormitorio de este adolescente de cincuenta años que no termina de abandonar. Creo que se le presentará la ocasión a este mamarracho.

Anuncios