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Sí, ya sé que estás donde siempre estuviste, pero muchos no consiguen ponerte rostro. La sociedad civil sufre de algo parecido al horror vacui colectivo y enfrentarse a una idea limpia, sin ruido, con espacios libres de elementos distorsionantes, parece provocarles una reacción similar a la que sufre un niño al que no gusta de colorear y se ve obligado a hacerlo durante horas sobre un frío pupitre con lapiceros a los que tiene que sacar punta una y otra vez hasta no dejar rastro del blanco papel.

Me parece verte en el rostro de nuevos representantes de viejas ideas puestas en valor hoy a causa de la podredumbre de fechorías disfrazadas para entrar en cada casa, de noche, cuando dormimos, para dejarnos sin nada, tampoco sin ideas. Y en esos rostros en los que me parece reconocerme, y reconocer la democracia que defiendo tras décadas de anhelarla, como anhelamos de ancianos al joven que nos hizo sentir vivos, quiero encontrar el espejo en el que poder verme en ti.

Sé que puedo equivocarme otra vez por confiar en quien defiende lo que pido sea defendido allí donde durante tantos años se han burlado de la voluntad del pueblo en un juego en el que han ganado los poderosos a costa de empobrecer a los pobres paganos que no son otros que los ciudadanos trabajadores.

Hoy estás mezclado entre la gente. Tú mismo ignoras que serás mi digno representante en esas Cortes que ahora están al servicio de la casta. Escuchas preocupado propuestas con las que no terminas de estar de acuerdo, pero sabes que son formuladas por ciudadanos como tú, que quieren cambiar las cosas para que el futuro de sus hijos sea posible.

No sé dónde estarás, ni qué estarás haciendo cuando tengas que dar ese paso al frente, pero espero que, como tantas otras personas en tu misma situación, lo des. Allí estaremos el resto para depositar la papeleta con tu nombre en la urna. Escúchate. Escúchame. Sabes dónde estás.

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