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Desde niño no he conseguido dejar de pensar en que hubo un tiempo, anterior a la deriva continental, en que la Tierra tenía un único continente rodeado por océanos. Me gustaba abrir mi atlas escolar por las páginas centrales e imaginar todas aquellas piezas encajando en una sola isla donde la península Ibérica encajaba en Canadá.

Desde niño he tenido que discutir con propios y extraños (entre ellos algún maestro que me suspendió geografía por mi enconamiento), y sufrir la total incomprensión de los siempre insultantes ignorantes engreídos, sobre el hecho físico irrefutable de que Europa y Asia son el mismo continente, y que ni la deriva continental pudo cambiar esto.

Desde niño, deseé recorrer el mundo a pie, de punta a punta, circuncaminarlo, ser un Magallanes solo con mis pies. La idea de ir andando desde Granada a Sídney  por tierra, sin necesidad de enfermar por el mareo producido por un autobús, un barco o un avión, me seducía al extremo de sentir una profunda angustia al abrir los ojos y contemplar la separación entre continentes en aquel atlas.

Desde niño, y según me acercaba a la adolescencia, tuve consciencia  de la grandeza cultural de Europa y de cómo las barreras políticas la separaban de la URSS y China; la atroz codicia por imponer sus criterios y ocupación a terceros; de cómo sus grandes miserables condujeron a la humanidad a dos guerras mundiales; de cómo se consintió la explotación de los pueblos «ajenos» para su propio bienestar…

Desde niño imaginé una segunda Pangea surgida de la deriva continental. Imaginé la internacionalización de la humanidad y su libre circulación por un territorio común. No imaginé, en modo alguno la globalización y el empobrecimiento a todos los niveles de los humanos. Pangea se rompió, y hoy se rompe Europa: demasiadas piezas sueltas para ser unidas a gusto de pueblos que han perdido la conciencia de serlo. ¿Cómo sería la visión que tenia de Europa hace cien años Alfred Wegener?

 

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