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Cuando llegaron aquellos exiliados a nuestras vidas, entendimos que la política era otra cosa que los encamisados azules del régimen que los militares sublevados habían apalancado durante décadas en este país al que instalaron en la roña de la historia tras imponernos su infame y cruel dictadura que terminó con el sueño democrático de millones de ciudadanos aquel verano de 1936. Venían de un exilio, en muchos casos, que duraba desde que de niños salieron camino de Francia, la URSS y América latina mayormente. De ellos parecía brotar toda la luz de aquella república que vivieron como niños educados, en muchos casos, en el empeño noble de sus maestros librepensadores. Llegaron mayores y cansados y, aún así, se arremangaron y se entregaron resignados, desde el perdón a sus verdugos, a la construcción de aquella democracia tutelada por sus enemigos.

Yo tenía entonces la edad que tenían ellos cuando salieron de España, y tuve consciencia de mi país con su llegada y la salida de las cárceles de los que aquí quedaron y a los que no se fusiló. De ellos aprendí, en la militancia de partido, que sólo el conocimiento nos hace libres, y que desde el respeto al contrario se debe luchar por alcanzar las utopías.

Me pregunto en cuantas personas pervive este imaginario que aquí describo. Escucho de fondo el soniquete de comentaristas radiofónicos que parecen repetir una y otra vez un guión escrito por un mal guionista. De aquellos ciudadanos, luchadores incansables por la conquista y defensa de los derechos civiles no quedan ni sus fantasmas. Son otros espectros los que nos visitan a intervalos de cuatro años blandiendo las cadenas con las que amenazan anclarnos a su despropósito y sus discursos provocan nuestra más profunda rabia y nuestro desafecto a la política.

En los años en que he sido, junto a mi familia, descabalgado de la acomodada clase media europea, he aprendido que no somos lo que tenemos, si no lo que no tenemos y no puede ser arrebatado. En lo que no tengo está mi principal capital, pues no me invade el pánico por su pérdida. Mi libertad es la que mi capacidad creativa me permite, y no puede ser otorgada arbitrariamente por hombre, político o rey. Ni arrebatada. En este duro camino de los últimos años no sólo he perdido, también he ganado. Uno de los tesoros más valiosos que he podido acumular, junto al profundo afecto y fidelidad de mis hijos y mi compañera, es el haber conocido a personas que se han desprendido de sesgos y me han mostrado que su tesón por transformar las instituciones políticas, desde la democrática sociedad civil, sin imitar a los canallas que ahora las dirigen, es una hazaña que no podemos dejar de conquistar. Podemos vivir una nueva primavera europea. Creo que sí votaré el 25-M.

 

 

(Texto escrito para la edición impresa de El Correo de Andalucía, aparecida el sábado17 de mayo dentro de un bloque sobre las Elecciones europeas y la desafección ciudadana por los partidos políticos)

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