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Salir corriendo con lo puesto, si es que lo tenemos. Tomar en nuestros brazos al bebe y agarrar con fuerza la mano del adolescente. Buscar en la nuca de nuestro compañero el faro que seguir en la oscura tempestad. No mirar hacia atrás.

No mirar hacia atrás. Abandonar los recuerdos de días pasados en los que creímos que todo era sólido. Dejarlos allí, como camas revueltas olvidadas en la precipitada carrera para no llegar tarde al trabajo tras una noche en vela porque lo perderemos tarde o temprano.

No mirar para no vomitar por el asco que nos produciría veros enfundados en nuestros billetes, aquellos que os dejamos mandar a paraísos fiscales y con los que pagaréis mañana nuestro planificado exterminio. No mirar atrás.

No mirar hacia atrás para no vernos más jóvenes, fuertes y felizmente engañados en ese lodazal que contribuimos a construir mirando hacia un lado cabeza gacha y con la despensa llena. No mirar porque ya no queremos reconocernos en aquellas sombras de las que huimos.

No mirar hacia atrás y vernos allí detenidos, tragando rabia y escupiendo bilis un rato al día en internet convirtiéndonos en estatuas de sal.

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