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Me gustan los días sin efemérides grandilocuentes y manidas. Me gustan los días domingo: tranquilos, soleados y familiares.

Me gusta el domingo en que me doy tiempo para recordar las cosas que yo hacía en domingo.

Me gustan los días en que, al abrir los ojos, tu luz me hace sentir por un instante la sensación de que es domingo en pleno miércoles.

Me gusta el domingo cuando me levanto temprano y sin prisas me preparo un café ante el que me pienso como afrontar la página en blanco.

Me gustan los días aquellos, recordados hoy, en que los domingos olían a romero y pino en aquellas salidas a las sierras de Granada con un par de bocadillos en la espalda, una manzana y una cantimplora de agua fresca para hacer camino.

Me gusta el domingo radiante y el domingo lluvioso. Me gustan ambos cuando transcurren festivos y apacibles. Sin prisas. Sin pausas, sin grandes objetivos.

Me gustan los días que olemos aquellos aromas que nos fijaron en lo más profundo de nuestro yo y que decidimos recolocar como domingos en nuestro neuronal calendario.

Me gusta el café que me haces y «los calentitos» que nuestro hijo nos pone en la mesa tras su pequeña guerra interior para lanzarse a la calle.

Me gustan los días estos, difíciles, en los que pequeñas cosas que ocurren en domingo me hacen sentir que los días que están por llegar nos traerán hermosos domingos.

Me gusta este domingo como si no hubiese una semana por delante… ni por detrás. Me gusta este día de sol.

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