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Es frecuente escuchar el murmullo insultante de quienes nos roban la salud y el jornal; la educación y la cultura; el trabajo y el pan. Son los que no gritan desde las altas posiciones en las que les seguimos manteniendo. Son los «listos» que lideran el viejo modelo que está por demoler. Son los maleducados que nunca gritan por que son suyos todos los micrófonos.

Es triste que alzar la voz, reivindicando una democracia real, sea para algunos algo propio de un puñado de ruidosos radicales. Por contra, esos delicados oídos (y cuellos), no parecen afectados por el brutal y sistemático estrangulamiento de los derechos y las conquistas sociales dictado desde el Estado. 

Buscamos sin éxito medios en los que poder encontrar el reflejo creíble de una realidad que cada vez más nos es distorsionada de forma hirientemente obscena.
Se nos permite inventar mecanismos de participación y movilización ciudadana siempre que sea dentro de su juego en el que las partidas duran lo que tarda en pasar un papel por la ranura de una urna y los cuatro años que le siguen de rentable silencio para los que siempre ganan.
En este régimen lo único transparente es el plástico de la urna en la que depositamos un papel con sus logos de mierda.
Deberíamos todos leernos la Constitución y aprendérnosla, no como lo hemos hecho hasta ahora para aprobar unas oposiciones al cuerpo de funcionarios del Estado, si no como ejercicio de higiene democrática. Un alzar la voz colectivo muy educado de ciudadanos demócratas.

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