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No recuerdo la marca, ni su terminación, ni si su tinta era azul o negra. No recuerdo si era estilizada y sofisticada o de formas redondeadas y de apariencia espartana. No recuerdo si fue un poema de amor desesperado o un cursi verso de reconciliación poco convincente. No recuerdo si fue el apunte de un guión para un corto que nunca vería la luz o el presupuesto para el diseño del periódico aquel.

No recuerdo si era verdad o mentira lo que escribí por última vez con ella.

No recuerdo que fue de aquella blanca camisa y el dripping insolente a lo largo de toda la manga. No recuerdo el nombre de aquella hermosa joven de la escuela de arte que me declaró su amor el día de mi cumpleaños obsequiándome con ella dentro de un estuche pensado para hacer la primera comunión.

No recuerdo que palabra estaba escribiendo cuando quebré su plumín por la brutal fuerza que ejercí contra el papel.

Recuerdo depositar en el buzón de la estafeta de correos aquella carta en papel y escrita a mano. Recuerdo la mano manchada de tinta, y la manchada manga de la camisa. Recuerdo que pasó mucho tiempo hasta que llegó la respuesta. Recuerdo que no había señas del remitente y del interior del sobre saque el recorte de una página arrancada con desdén a una revista francesa. Recuerdo que no fui capaz de interpretar tus intenciones. Recuerdo tirar la vieja estilográfica a una papelera de la redacción de aquel diario y salpicar con su tinta los papeles y las colillas de cigarrillo de su interior. Recuerdo escribir una columna sobra la Olivetti azul que nunca se llegó a publicar. 

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