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Los viejos himnos de los ismos políticos del siglo XX suenan hoy a canciones infantiles en tarde de verano entonadas por una chiquillería cándida e ingenua.

Porque esta vez no se trata de cambiar a un presidente, serán los pueblos quienes construyan un mundo bien diferente… o todo estará definitivamente perdido.

No es nuestro presidente de Gobierno el más impresentable del planeta, aunque nos lo parezca a casi todos. Tampoco lo es nuestro rey y su lustrosa y bien acomodada prole, o nuestra Defensora del Pueblo (¿o lo es del Gobierno?). Nuestros líderes sindicales no son tampoco lo peores del mundo mundial. Nuestros jueces, banqueros, arquitectos, periodistas, maestros, ingenieros, diputados, ensobradores… Si miramos a nuestro alrededor la corruptela es global, no nos dejemos engañar. Nuestro ombligo tiene las mismas pelotillas que el de los italianos, alemanes, francés, argentinos, camboyanos, israelitas o quienes quiera que tengan ombligo donde acumular porquería.

En esta hora, conciudadanos, tengamos muy presente, que no bastará una gota para mojarnos todos. Serán necesarias, como nunca, todas las furias acompasadas, todas las lluvias para limpiar tanta mierda como hemos acumulado sobre nuestras democracias, repúblicas, reinos y demás pendejadas a las que llamamos Estados.

No nos queda tiempo. Estamos a punto de ser zampados por La Bestia y en su estómago seremos digeridos con todas nuestras esperanzas, sueños y anhelos convertidos en una gacha de color verde. No habrá anti ácido para esta empachera: Saldremos en forma de mojón y nos secaremos en mitad de la nada.

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