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Sé que tu situación te hacía sentir que algo debías hacer o quedarías excluido profesionalmente para siempre. Sé que tu escalada hacia puestos mejor remunerados, y de mayor consideración social, te costó años de morderte la lengua y reír las gracias de tus superiores cuando te trataban como a un inútil. Sé que no es fácil seguir escalando cuando no hay donde asirse y los dedos sangran doloridos. Sé que lloraste en el silencio de aquel taller cuando se apagaron las luces para siempre. Sé que sabes que lo sé, por que yo pasé por allí, a mitad del largo camino y, ya entonces, me la juraste por ser testigo mudo de tu incapacidad de ignorancia profesional; por haberte descubierto en falta; por no poder desmentir mi secreto pensamiento nunca manifestado; por no encontrar mácula contra la que lanzar tu andanada desahogante contra mí; por traducir en humillación mis cómplices justificaciones de tus errores…

Nunca construiste nada más que tu pequeño mundo sustentado en frágiles pensamientos, tan delgados como naipes desgastados por el manoseo en eternas timbas, trampeando entre iguales que intentaban lo mismo que tú contra ellos.

Gritas en medio de la plaza tus mentiras con la intención de herir a quienes han intentado sacarte de tu miserable llorisqueo sin futuro. A tu lado pasa la gente y en su rostro se refleja el desagrado que sienten por tus insultantes e insidiosas voces.

Ya no eres mi socio, ahora eres un sucio recuerdo que se terminará transformando en fortaleza y sabiduría para todos nosotros. 

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