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Ella esperó a su hombre toda una vida. Se lo llevaron de noche los fascistas. Estaba embarazada de mi madre y tenía un niño en sus brazos. Aquella noche intentó sin éxito saber dónde lo tenían: hacía frio y se lo llevaron en mangas de camisa. María deambulo como una loca, con la chaqueta de Antonio en la mano, por aquellas callejas oscuras de una Granada por las que iban y venían camionetas llenas de hombres que morirían con un disparo en la nuca y serían enterrados en fosas aún por levantar ochenta años después. Murió convencida de que él escapó y un día volvería a su lado: tan joven, hermoso y cariñoso como el día en que le rompieron la vida a ella.

Ella está hoy postrada ante un aparato de televisión. La artrosis y el sobrepeso le impiden dar dos pasos sin apoyarse en su bastón. De niña corría por los campos descalza y su negra y larga melena era la bandera de una causa a la que seguían incondicionalmente cuatro grandes y fieles perros que la protegían contra las sombras que se proyectaban desde la ciudad más cercana. Se crió al amor de mi abuela en la roña de una España sumida en la muerte, la miseria y la ignorancia impuestas por la iglesia y los militares rebeldes. Conoció a Pepito siendo una niña y con él viajó al norte, tras las huellas de Manuel, el que sería su suegro y que cumplía condena en una cárcel del norte por defender a la república. Allí me parió ella.

Ella siempre estuvo a mi lado, hasta el día en que me aparté para que su luz proyectase sus propias sombras. Recordando mi complicidad y encubrimiento, ante las restricciones que le imponía nuestro padre por su condición de niña, entiendo mi respeto y complicidad hoy con las mujeres. El amor y profunda amistad que se tenían los niños que fuimos sólo es posible ya en la memoria de los dos adultos. Se mueve sobre el escenario oscuro y la luz se proyecta sobre las sombras a las que hoy, ante el asombro de todos, da vida haciendo que la ficción sea tan real como decide la capacidad creativa de ella.

Ella era muy pequeña cuando sus padres nos separamos. Sobrevivió a la inmadura relación de sus progenitores y, como yo mismo hiciera en su momento, se independizó antes de diluirse en la lacónica vida familiar impuesta. Hace unos días nos reencontramos después de mucho tiempo sin vernos y abrazarnos. Nos besamos. Nos miramos y retomamos fatalmente la discusión en el punto en que nos separamos. Nos volvimos a disgustar. Nos levantamos de la mesa y nos despedimos con la frialdad de el hilo deslizándose por el interior de la espalda. El café esta vez lo pagó ella.

Ella apareció para enseñarme como son las grandes mujeres y los pequeños hombres. Empecé a crecer y a ver más allá de mi pequeña y sesgada cosmología siguiendo su estela. Llevo años intentando alcanzar la altura en la que está ella.

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