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Sevilla, 28 de febrero de 2014.

Escuchaba el acento en mi abuela María, en mi madre y mi tío Jacinto; en mi abuela Guadalupe y sus hijos; en mi abuelo Manuel, tras salir de la cárcel, veintitantos años después de perder la república y su vida de maestro, de amante, de ciudadano libre; en la poderosa e hipnótica voz de mi padre cuando me llevaba envuelto en sus brazos camino de casa tras el castillo de fuegos artificiales en la playa de la Concha. Cerraba mis pequeños ojos y escuchaba su acento, y en su cálida voz habitaba un ancestral sentimiento que recorría mi pequeño cuerpo hasta lanzarme al sur donde imaginaba otra vida.

Habíamos nacido los tres hermanos en el norte, en el exilio de una familia en diáspora a las ciudades con cárcel en la que reducían a mi abuelo y a otros a quienes les habían robado la patria. Mis hermanos tenían el acento de aquella tierra, pero yo no. Mi acento era el de mis mayores. Mis hermanos siempre decían a los otros niños que yo era andaluz.

Lo dejaron salir de la cárcel para morir. Nos montamos en el tren y viajamos interminables horas hacia el intenso calor que penetró hasta lo más profundo de nosotros. Llegamos al sur. En aquella estación el acento de todos me hizo sentir como en casa. Cogí la mano de mi padre y le pregunté ¿así hablan los andaluces? y me contestó que no, que así hablaban los «malafollás de Graná».

Han ido enmudeciendo casi todas aquellas voces y su acento resuena en mi interior, como el recuerdo de los brazos de mi padre abrazando mi pequeño cuerpo camino de Ametzagaña aquella noche tras la tamborrada. Aquellos fuertes brazos y aquel acento son todo lo que hoy puedo reconocer como mi patria.

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