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No recuerdo si era un día soleado, o si los grises nubarrones se movían lentos sobre nuestras cabezas. No recuerdo si ese día mi padre estaba trabajando en alguna feria de las muchas que siempre hay en España y gracias a las que comimos en casa tantas veces. No recuerdo tus manos aquel día, mamá, tomando las mías para hablarme de la muerte del asesino de tu padre. No recuerdo que hubiera colores en el interior de mi plumier escolar. No recuerdo que mis maestros vistieran otro color que el azul, el gris o el negro. No recuerdo haber escuchando antes de aquel día la palabra libertad; no al menos como a partir de aquel día. 

Sí recuerdo las lágrimas de Don Manuel, el director de mi colegio, dándonos la triste noticia, y mandándonos a casa mientras nos pedía rezáramos todos en familia por el alma del Caudillo, el destino de la patria y por un tal Juan Carlos. 
Sí recuerdo la letanía durante toda la tarde de aquel día y a las vecinas sobreactuando en su momento rosario. Sí me recuerdo organizando mentalmente todos aquellos acontecimientos en mi adolescente interior e interpretando todo en mi imaginario sin ideología. Sí recuerdo como el presidente del gobierno, casi un gemelo del director de mi colegio, y con idénticos bigotitos y gimoteos, anunciaba la muerte del asesino de mi abuelo. 

Entre la negación y la afirmación de los hechos presentes, el adulto que hoy soy, se refugia en las profundidades del yo: único lugar, en este momento, donde puede habitar remotamente la libertad.

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