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No existían internet ni los teléfonos móviles. Tampoco existían los ordenadores personales ni la fotografía digital. Los televisores eran en color pero tenían el trasero mas grande que un panadero glotón y las pantallas eran de un cristal tan grueso como las gafas de culo de vaso de «rompetechos», el niño de la Duli, la vecina del quinto.

Casi nunca preguntábamos a nuestros padres cuando teníamos un duda, y era rara la vez que, si lo hacíamos, obtuviésemos una respuesta convincente. No existía Google, ni remotamente imaginábamos lo que significaría disponer de buscadores semánticos en plataformas digitales multimedia.

En la mayoría de nuestras casas había poco libros, pero les sacábamos todo el partido del mundo. En la enciclopedia o el atlas escolar, o en la vieja y desgastada enciclopedia universal de la habitación de nuestro tío que vivía con nosotros y que temporalmente estaba en Alemania o Suiza trabajando en una fábrica, encontrábamos respuestas a casi cualquier pregunta. Es verdad que nuestras preguntas eran muy limitadas.

Cuando las preguntas eran complejas teníamos la biblioteca pública. Cuando las preguntas no obtenían respuesta, sencillamente nos las inventábamos: éramos creativos y aquellas preguntas sin respuesta nos hacían formular un tropel de otras incógnitas que nos hacían andar a tientas en la oscuridad  hasta encontrar algún luz al final de aquel camino que solía terminar en encrucijada y nuevos y misteriosos destinos.

Ni soñar que uno pudiese llegar a emitir su propio canal de televisión y tener miles, millones de seguidores. Nos sentíamos privilegiados por ser capaces de convencer a unos adultos de que nos editasen una revista con nuestros tebeos, poemas, fotografías. El derecho a comunicarse. Papel impreso con tinta negra.

Hemos olvidado el valor de aquellas búsquedas, de aquellos libros elaborados por equipos editoriales compuestos por una cadena casi interminable de sabios y profesionales. Aquellas eran fuentes que creímos fiables y de ellas bebimos, como hoy beben todos de éstas en la nube, sin dudar de su contenido y pureza. Fuentes donde se mezclan el conocimiento y la ignorancia. Fuentes cuya falta de transparencia a casi nadie parecen turbar.

 

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