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Compruebas la hora a la que sonará el despertador en tu móvil, como cada día, y lo enchufas antes de meterte en la cama. Colocas sobre tu rostro la mascara que te evitará las apneas, enciendes la máquina, apagas la luz y cierras los ojos. Duermes.

No es tu casa, pero aquí sí lo es. Cuando vienes, cada noche, tu casa es distinta, y tu ciudad, las personas que conoces, tu geografía. Aquí todo es distinto. Aquí todo sucede en silencio. Aquí la paleta de colores es difícil de definir hasta para un pintor, como si la luz se tradujera en una extraña gama en contacto con tu cerebro: una fusión del blanco y negro con colores ocultos tras cada gris, negro, blanco… sólo intuidos en las fronteras del color. Sueñas

No disimulas tus emociones y las muestras tal cual. Sabes que mañana sentirás por un instante, al abrir los ojos al nuevo día, que allí eres una persona muy distinta. Eres otro al que no te quieres parecer aquí. Este pensamiento se repite con cada amanecida y es del que te alimentas para ser quien has decidido ser. Despiertas.

Silencias el timbre de tu móvil, retiras la máscara de tu rostro y apagas la máquina que ha impulsado aire durante toda la noche a tus pulmones. Desenchufas el cable que alimenta a tú teléfono tras comprobar que se a completado la carga. Afrontas un nuevo día. Mueres.

 

 

 

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