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Llegaste con la lógica intención de encontrar solución a tu problema y tu objetivo quedó allí claro para todos. También para ti. Como tú, los otros llegaron e hicieron lo propio.

Siguieron muchas reuniones tras aquella. Se establecieron nuevos contactos y otras personas se fueron incorporando al grupo.

Pasaron los meses y lejos de encontrar solución a tu problema, al problema de cada uno de los miembros del grupo, quedó meridianamente claro que el problema era de dimensiones globales y que no habría solución para uno si no la había para todos.

Recordaste uno de aquellos viejos trabajos encargados en el tiempo en el que te tragabas sin masticar el mundo, no como ahora que sólo eres el recuerdo de algún alimento en las fauces de La Bestia. Te encargaron una frase para vender lo público desde la calidad y la solidaridad, como lo hacían por aquel tiempo los socialdemócratas. Te preguntas sí veinte años después la proclama sería digerible por la sociedad extraña en la que vives…

Encontrasteis aliados que acompañaron al grupo en el camino hasta dar con formulas que fueran viables y dieran respuesta a tantas y tan complejas preguntas. Se os unieron personas con talento y conocimientos que os faltaban. Diseñasteis un sistema que os hacía diferentes, fuertes, imaginativos y democráticos. Marcasteis el camino con gruesas líneas rojas que decidisteis no traspasar.

Llegaste. Como todos los demás llegaste con un objetivo que no terminas de alcanzar y te preguntas, hoy que no puedes llenar por segundo día consecutivo la despensa y tus hijos preguntan que habrá hoy para cenar, cuántos de vosotros traspasaríais las líneas rojas por un puñado de monedas…

¿La proclama? Ah, sí: «Mejor para ti, igual para todos».

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