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Antes de nacer ya necesitamos interpretar códigos para comprender «qué, quién, dónde…». Para sentir, no. Los sentidos van más allá de lo racional y se expresan donde no pueden los lenguajes: palpitar flotando en el líquido amniótico y recibir los impulsos del exterior a través de él, antes de traducirlo a códigos racionales, debe ser una de las últimas grandes pérdidas que sufrimos antes de ser alumbrados. Lloramos y éste es el primer signo que mostramos en el exterior como parte del código almacenado en nuestro sistema.

Sentados sobre un montón de cómoda arena, pequeños, con una cándida alharaca, empujamos la punta de nuestra lengua entre los labios ceñidos y se produce el enfrentamiento comunicacional con el otro, de forma tan perfecta como el más perfecto de los enlaces geodésicos.

Escrito sobre un papel o en una oración bajo el balcón oculto en las sombras de la noche, el lenguaje envuelve a nuestro ser con estímulos a los sentidos. Ya somos prisioneros de los lenguajes. Ya somos adultos. Ya estamos muertos.

Le escucho hablar. Lo hace de forma obscena. Habla y solo se escucha así mismo. No habla en mi idioma. Usa una lengua que reconozco pero no entiendo. Da igual, lo que está diciendo no lo dice para comunicarse con los demás, lo hace por escucharse y engordar su ego y su saneada cuenta corriente. Me pregunto si esto es parte de la morfogénesis o solo un camino a hacia la paulatina desaparición de la empatía.

Lengua. Hoy comeremos lengua. Y de postre, todas sus mentiras.

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