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Su nombre no era Kybele, ni dictaba oráculos a los ignorantes hombres de Anatolia. A ella no se la adoraba en los montes Ida, Sipilo, Cícico o el de Sardes. No era conocida en Tracia ni en Grecia, ni construyeron metroón alguno para ella. Su nombre no era Rhea ni Cibeles, pero él la veneraba como la más grande de las diosas.

Llegó con la fuerza de un cuerpo celeste e impactó contra él transformando para siempre su vida. Ha diferencia de la diosa que viajaba en un carro tirado por dos grandes leones, ella acarreaba a dos cachorros humanos que gruñían durante todo el día y parte de la noche confiados y seguros por los poderes de su progenitora.

Él no se llamaba Atis, ni Córibas, ni era el sirviente eunuco de su diosa. Él nunca sería adorado en el monte de Díndimo ni su historia contada por el viajero Pausanias. Su sexo no sería amputado por los dioses y arrojado para servir de abono a un almendro, pero sonaría en labios de ella como el más hermoso de los poemas de Ovidio.

Ahora, miles de años después de que iniciaran su amor, y encarnados en amantes castigados por la triste realidad de un tiempo mediocre y vacuo, esperan poder fundirse en un abrazo eterno con las notas de fondo de un concierto barroco que hubiese sido compuesto para rememorar su épico amor.

Sin ella no existiría la historia, ni el amor, ni la vida. Ella no es una diosa pero es la Magna Mater. Él la ama más allá de toda mitología. Su nombre es Silvia.

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